Jueves de la V Semana de Cuaresma

Gn 17, 3-9

De repente me asaltó un mal pensamiento, ¿qué puede significar para los jóvenes de hoy las promesas hechas a Abraham? La posesión de una tierra para cultivar ha quedado entre los viejos anhelos de los abuelos y ahora los jóvenes huyen del campo a no ser que puedan convertirse en grandes terratenientes, pero no la tierra como fuente de alimento, para el autoconsumo, ni el apego a un territorio. El ser padre de un gran territorio no se le antoja a nadie.

Al preguntarle a un grupo de jóvenes cuántos hijos desearían tener en su matrimonio, responden con susto y sobresalto que ya lo pensara más tarde, que la vida ahora es muy difícil, que no vale la pena traer al mundo seres para sufrir. Pero, más que nada se mira a los hijos como esclavitud, limitaciones y responsabilidad. Aunque después nos los encontramos asustados y quejosos porque están a punto de ser papas por descuido o por placer, la mayoría de las veces, y no por generosidad o por verdadero amor.

Hay quien desea tener un hijo pero como compañía para su vejez, para realizarse en su vida, pero no quiere responsabilidades. Se ha perdido el amor a la vida, a la tierra y a los ideales.

Ya sé que también hay jóvenes con ideales, pero es difícil que se sostengan en un mundo de comercialización, de hedonismo y de placer.

Qué difícil es entender la decisión de Abraham de dejar sus comodidades con la ilusión de una tierra y una descendencia. Es más cómodo permanecer en nuestra burbuja de comodidad, de individualismo y de egoísmo.

Cuando Cristo hace alusión a Abraham lo recuerda por su fe, por su idealismo y por su deseo de un mundo nuevo.

Hoy estoy convencido de que Cristo también tiene palabras que pueden despertar en los jóvenes un nuevo amor por la vida, por la fraternidad, por la construcción de un mundo nuevo. Entiéndase bien, no pretendo que las jóvenes parejas procreen irresponsablemente un gran número de hijos, sino que en su corazón despierten el amor a la vida, la posibilidad de la generosidad y la seguridad de que se puede construir un mundo nuevo al estilo de Jesús.

Jn 8,51-59

Jesús es capaz de predicar su mensaje a pesar de todas las adversidades. No tiene miedo a nada, ni siquiera a la ira de sus enemigos. Sabe que su tiempo en la tierra es breve y limitado, y debe aprovecharlo como si cada segundo fuese el último de su vida.

Los fariseos cierran su corazón y su mente a toda novedad, y no comprenden el camino de la esperanza. Es el drama del corazón cerrado, el drama de la mente cerrada.

Cuando el corazón está cerrado, este corazón cierra la mente, y cuando mente y corazón están cerrados, no hay lugar para Dios, sino sólo para lo que nosotros creemos que se debe hacer.

Quienes tienen el corazón y la mente cerrados, no logran acoger el mensaje de novedad que trajo Jesús, y que es el que había sido prometido por la fidelidad de Dios y por los profetas. Pero ellos no entienden.

Es un pensamiento cerrado que no está abierto al diálogo, a la posibilidad de que exista otra cosa, a la posibilidad de que Dios nos hable, que nos diga cómo es su camino, como hizo con los profetas.

Esta gente no había escuchado a los profetas y no escuchaba a Jesús. Es algo más que ser simplemente cabeza dura. No, es algo más: es la idolatría del propio pensamiento. «Yo pienso así, esto debe ser así y nada más».

Esta gente tenía un pensamiento único y quería imponer este pensamiento al pueblo de Dios, por esto Jesús les llama la atención: «Vosotros cargáis sobre las espaldas del pueblo tantos mandamientos y vosotros no los tocáis ni con un dedo».

Esta gente ha matado a los profetas; cierran la puerta a la promesa de Dios. Y cuando en la historia de la humanidad se produce este fenómeno del pensamiento único, cuántas desgracias.

En el siglo pasado hemos visto todos nosotros las dictaduras del pensamiento único, que terminó por matar a tanta gente, pero en el momento en el que ellos se sentían patrones no se podía pensar de otra manera. Se piensa así.

Y también hoy existe la idolatría del pensamiento único. Hoy se debe pensar así y si tú no piensas así no eres moderno, no eres abierto o peor. Tantas veces dicen algunos gobernantes: «Pero, yo pido una ayuda, una ayuda financiera para esto», «pero si tú quieres esta ayuda, debes pensar así y debes cumplir esta ley, y esta otra, y esta otra…»

También hoy está la dictadura del pensamiento único y esta dictadura es la misma de aquella gente: toma las piedras para lapidar la libertad de los pueblos, la libertad de la gente, la libertad de las conciencias, la relación de la gente con Dios. Y hoy Jesús es crucificado otra vez.

La exhortación del Señor frente a esta dictadura es la misma de siempre: vigilar y rezar; no ser tontos, no comprar cosas que no sirven y ser humildes y rezar, para que el Señor nos dé siempre la libertad del corazón abierto, para recibir su Palabra ¡que es promesa, alegría y alianza! Y con esta alianza ir adelante.

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