
Num 21, 4-9
La primera Lectura narra la desolación vivida por el pueblo de Israel en el desierto y el episodio de las serpientes. El pueblo tuvo hambre y Dios le respondió con el maná y luego con las codornices; tuvo sed y Dios le dio agua. Luego, cerca ya de la tierra prometida, algunos manifestaron escepticismo porque los exploradores enviados por Moisés dijeron que era una tierra rica de fruta y animales, pero habitada por un pueblo alto y fuerte, bien armado, y temían que los mataran. Y expresan el peligro de ir allá. Miraban sus fuerzas, pero se olvidaban de la fuerza del Señor que les había liberado de la esclavitud de 400 años.
En definitiva, el pueblo no soportó el viaje, como cuando las personas inician una vida de seguimiento al Señor, para estar cerca del Señor, y en cierto momento las pruebas parecen superarles. Ese tiempo de la vida en que uno dice: “¡Ya basta! Me paro y vuelvo atrás”. Y se piensa con nostalgia en el pasado: “cuánta carne, cuántas cebollas, cuántas cosas buenas comíamos allá”. Y eso es una visión parcial de una memoria enferma, de esa añoranza equivocada, porque aquella era la mesa de la esclavitud, cuando eran esclavos en Egipto. Esos son los espejismos del diablo: te hace ver lo bueno de algo que has dejado, de lo que te convertiste en el momento de la desolación del camino, cuando aún no habías llegado a la promesa del Señor. Así es el camino de la Cuaresma, sí, podemos pensarlo así o concebir la vida como una Cuaresma: siempre hay pruebas y consuelos del Señor, está el maná, está el agua, están los pájaros que nos dan de comer… ¡pero aquella comida era más buena! Ya, ¡pero no olvides que lo comías en la mesa de la esclavitud!
Esa experiencia nos pasa a todos cuando queremos seguir al Señor y nos cansamos. Pero lo peor es que el pueblo habló mal de Dios, y reprochar a Dios es envenenarse el alma. Quizá uno piensa que Dios no le ayuda o que hay muchas penas. Siente el corazón deprimido, envenenado. Pues las serpientes que mordían al pueblo son precisamente el símbolo del envenenamiento, de la falta de constancia para seguir el camino del Señor.
Moisés, entonces, por invitación del Señor, hace una serpiente de bronce y la pone en lo alto. Esa serpiente, que curaba a todos los que habían sido atacados por las serpientes por haber hablado mal de Dios, era profética: era la figura de Cristo en la cruz. Esa es la clave de nuestra salvación, la clave de nuestra paciencia en el camino de la vida, la clave para superar nuestros desiertos: mirar el crucifijo. Mirar a Cristo crucificado. “Pero, ¿qué debo hacer?” – “Míralo. Mira las llagas. Entra en las llagas”. En esas llagas fuimos curados. ¿Te sientes envenenado, te sientes triste, sientes que tu vida no va, que está llena de dificultades y de enfermedades? Pues mira allí. En esos momentos, mirar ese crucifijo feo, o sea, el real, porque los artistas han hecho crucifijos hermosos, artísticos, algunos de oro y de piedras preciosas. Y eso no siempre es mundanidad, porque quiere significar la gloria de la cruz, la gloria de la Resurrección.
Pero cuando te sientes así, míralo, antes de la gloria.
Enseñad a vuestros hijos a mirar el crucifijo y la gloria de Cristo. Y nosotros, en los momentos malos, en los momentos difíciles, envenenados quizá por haber dicho en nuestro corazón alguna desilusión contra Dios, miremos las llagas. Cristo levantado como la serpiente: porque Él se hizo serpiente, se anonadó del todo para vencer la serpiente maligna. Que la Palabra de Dios hoy nos enseñe este camino: mira al crucifijo. Sobre todo, en el momento en el que, como el pueblo de Dios, nos cansemos del viaje de la vida.
Jn 8, 21-30
Al Padre, sólo el Hijo lo conoce: Jesús conoce al Padre. En efecto, es muy grande la unión entre ellos: Él es la imagen del Padre; es la cercanía de la ternura del Padre a nosotros. Y el Padre se acerca a nosotros en Jesús.
Jesús repitió muchas veces: «Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti». Y prometió el Espíritu Santo, porque precisamente el Espíritu Santo es quien hace esta unidad, como la hace entre el Padre y el Hijo.
El Padre, por lo tanto, fue revelado por Jesús: Él nos hace conocer al Padre; nos hace conocer esta vida interior que Él tiene. Y ¿a quién revela esto, el Padre?, ¿a quién da esta gracia?
La respuesta la da Jesús mismo, como dice san Lucas en su Evangelio: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños».
Sólo quienes tienen el corazón como los pequeños son capaces de recibir esta revelación. Sólo el corazón humilde, manso, que siente la necesidad de rezar, de abrirse a Dios, que se siente pobre. En una palabra, sólo quien camina con la primera bienaventuranza: los pobres de espíritu.
Muchos pueden conocer la ciencia, la teología incluso. Pero si no hacen esta teología de rodillas, es decir, humildemente, como los pequeños, no comprenderán nada. Tal vez nos dirán muchas cosas pero no comprenderán nada. Porque sólo esta pobreza es capaz de recibir la revelación que el Padre da a través de Jesús, por medio de Jesús.
Y Jesús viene no como un capitán, un general del ejército, un gobernante poderoso, sino que viene como un brote, según la imagen de la lectura, tomada del libro del profeta Isaías (11, 1-10): «Pero brotará un renuevo del tronco de Jesé».
Por lo tanto, Él es el renuevo, es humilde, es manso, y vino para los humildes, para los mansos, a traer la salvación a los enfermos, a los pobres, a los oprimidos, como Él mismo dice en el cuarto capítulo de san Lucas al visitar la sinagoga de Nazaret.
Y Jesús vino precisamente para los marginados: Él se margina, no considera un valor innegociable ser igual a Dios. En efecto, se humilló a sí mismo, se anonadó. Él se marginó, se humilló para darnos el misterio del Padre y el suyo.
Pidamos la gracia al Señor de acercarnos más, más, más a su misterio, y de hacerlo por el camino que Él quiere que recorramos: la senda de la humildad, la senda de la mansedumbre, la senda de la pobreza, la senda de sentirnos pecadores Porque es así, Él viene a salvarnos, a liberarnos.

