Jueves de la IV Semana Ordinaria

1 Re 2, 1-4. 10-12

La primera lectura nos habla de la muerte: la muerte del rey David.  Los días de David se acercaban a la muerte, porque hasta él, el gran rey, el hombre que precisamente había consolidado el reino, debe morir, porque no es el dueño del tiempo: el tiempo continúa, y él también continúa en otro estilo de tiempo, pero continúa. Está en camino. Además, no somos ni eternos ni efímeros: somos hombres y mujeres en el camino del tiempo, tiempo que empieza y tiempo que acaba. Y esto nos hace pensar que es bueno rezar y pedir la gracia del sentido del tiempo, para no volvernos prisioneros del momento, que siempre está encerrado en sí mismo. Así pues, ante este pasaje del primer libro de los Reyes que relata la muerte de David, quisiera proponer tres ideas: la muerte es un hecho, la muerte es una herencia y la muerte es una memoria.

En primer lugar, la muerte es un hecho: podemos pensar muchas cosas, incluso imaginarnos que somos eternos, pero el hecho llega. Antes o después llega, y es un hecho que nos toca a todos. Porque estamos en camino, no somos ni errantes ni encerrados en un laberinto. No, estamos en camino, y hay que hacerlo. Pero existe la tentación del momento, que se adueña de la vida y te lleva a dar vueltas en ese laberinto egoísta del momento sin futuro, siempre ida y vuelta, ida y vuelta. ¡Pero el camino acaba en la muerte: todos lo sabemos! Por esa razón, la Iglesia siempre ha procurado que pensemos en ese final nuestro: la muerte.

Si yo no soy el dueño del tiempo; hay un dato: moriré. ¿Cuándo? Dios lo sabe. Pero con toda seguridad moriré. Repetir esto ayuda, porque es un dato puramente real que nos salva de la ilusión del momento, de tomarse la vida como una sucesión de momentos que no tiene sentido. En cambio, la realidad es que estoy en camino y debo mirar adelante. Así pues, el tiempo, el hecho: ¡todos moriremos! Al acercarse la muerte, David dice a su hijo: «Yo emprendo el viaje de todos». Y así fue.

La segunda idea es la herencia. Sucede a menudo que cuando, al morir, hay que enfrentarse a una herencia, en seguida llegan los sobrinos a ver cuánto dinero le ha dejado el tío a este, a aquel, al otro. Y esta historia es tan antigua como la historia del mundo. En realidad, lo que cuenta es la herencia del testimonio: ¿qué herencia dejo yo? Volviendo al pasaje bíblico de hoy, ¿qué herencia deja David? David también fue un gran pecador: ¡cometió muchos! Pero fue también un gran arrepentido, hasta llegar a ser un santo, a pesar de las cosas gordas que hizo. Y David es santo precisamente porque la herencia es esa actitud de arrepentirse, de adorar a Dios antes que a uno mismo, de volver a Dios: la herencia del testimonio, del buen ejemplo. Por eso, siempre es oportuno que nos preguntemos: ¿qué herencia dejaré a los míos? Seguramente la herencia material, que es buena, porque es el fruto del trabajo. Pero, ¿qué herencia personal, qué ejemplo dejo? ¿Como la de David, o una vacía? Por eso, a la pregunta “¿qué dejo?” no se debe responder solo señalando las propiedades, sino principalmente el testimonio de la vida.

Es cierto que, si vamos a un velatorio, el muerto siempre “era un santo”, tanto que hay dos sitios para canonizar a la gente: ¡la Plaza de San Pedro y los velatorios, porque siempre “era un santo” y porque ya no será una amenaza! La herencia verdadera es el testimonio de la vida. Es oportuno preguntarse: ¿qué herencia dejo si Dios me llamase hoy? ¿Qué herencia dejaré como testimonio de vida? Es una buena pregunta para hacerse, e irnos preparando, porque todos —ninguno quedará “de reliquia”,—, todos iremos por esa senda, con la cuestión fundamental: ¿Cuál será la herencia que dejaré como testimonio de vida?

La tercera idea —junto al «hecho» y la «herencia»— es «la memoria». Porque también el pensamiento de la muerte es memoria, pero memoria anticipada, memoria hacia atrás. Memoria y también luz en este momento de la vida. Y la pregunta que hacerse es: cuando yo me muera, ¿qué me hubiera gustado hacer en esta decisión que debo tomar hoy, en el modo de vivir hoy? Es una memoria anticipada que ilumina el momento de hoy. Se trata, en definitiva, de iluminar con el hecho de la muerte las decisiones que debo tomar cada día.

Pensar: estoy en camino, y es un hecho que moriré; cuál será la herencia que dejaré y cómo me sirve la luz, la memoria anticipada de la muerte, sobre las decisiones que debo tomar hoy. Una meditación que nos vendrá bien a todos.

La mejor manera de encontrarse dispuesto a vivir bien, es vivir como si se estuviera dispuesto a morir en cualquier momento.

Mc 6, 7-13

Si a uno de nosotros se nos hubiera planteado organizar la propagación mundial del Evangelio, tal vez las preguntas primeras que hubiéramos hecho sería: «¿Con cuánto dinero cuento?, ¿hay un equipo de expertos en economía, psicología, organización?»  Dinero, organización, títulos, poder, fuerza, personal…

Uno de los temas más importantes que nos narran los evangelistas es el envío de los discípulos que los convierte en misioneros y portadores de la Buena Nueva.

Hoy, san Marcos nos recuerda las normas y las indicaciones que Jesús da a quienes serán sus enviados.  Los enviados no llevarán consigo más que lo indispensable y contarán con la generosidad de aquellos que reciban el mensaje.  Se les capacita y se les autoriza para que usen el mismo poder de Jesús.

Nos parecería a nosotros que les pide que no lleven nada, pero es la reducción de la vida a lo esencial, apoyada en la absoluta confianza en el Señor, principal condición para estar al servicio de la Palabra.

Quizás estas palabras nos cuestionen a nosotros, no solamente a sacerdotes y religiosos, sino también a toda persona.

¿Qué necesito realmente para hacer el camino de la vida?  De repente los medios de comunicación nos han llenado de necesidades superfluas que nos causan tristezas el no tenerlas y olvidamos lo esencial que debería haber en nuestras vidas, en nuestras familias y en la sociedad.

Hoy al recordar como Jesús envía a sus discípulos, nos debe llevar también a nosotros a precisar cuáles son nuestras prioridades y que vamos cargando por el camino.

El final del evangelio que hemos proclamado hoy, nos muestra a los discípulos predicando el arrepentimiento, arrojando demonios, ungiendo y curando a los enfermos, la vida en su sencillez, pero también en su plenitud.  Es la tarea del discípulo que confía en el Señor.

Parecería que los discípulos no llevan nada y sin embargo son capaces de hacerlo todo: predican el Evangelio, expulsan a los demonios, se compadecen de los enfermos. 

Si queremos dar testimonio de Jesús en nuestros días, tendremos que regresar a la sencillez, a la generosidad y a esa entrega plena que tenían los primeros enviados.

¿Cómo vivo yo, y cómo trasmito hoy el mensaje de Jesús en un mundo que parece que se ha olvidado de Él?

Miércoles de la IV Semana Ordinaria

Mc 6, 1-6

Jesús nos enseña en este pasaje lo difícil que puede ser nuestro trabajo de evangelización entre los nuestros, en nuestra casa, en nuestro centro de trabajo, incluso en nuestros barrios.

Hay situaciones en nuestra iglesia que parecen cumplir cabalmente este proverbio que hoy nos ofrece Jesús: cuesta trabajo aceptar a los hermanos aun en los más sencillos servicios.  Es difícil aceptar, por ejemplo, como ministro de la comunión a quien conocemos de toda la vida y reconocemos sus cualidades, pero también conocemos sus defectos. En nuestros grupos preferimos a las religiosas o al sacerdote que a un vecino nuestro aunque esté bien preparado. 

Así imaginemos a Jesús que se ha encarnado plenamente en su pueblo, que lo conocen como hijo del carpintero José y que han convivido con Él todo el tiempo.  Es cierto que un primer momento causa admiración y todos se preguntan ¿cómo es posible?, ¿Dónde ha aprendido?  Les llama la atención el origen de sus palabras, la sabiduría que posee y los prodigios que realiza.  Pero todo esto contrasta con la familiaridad que sus paisanos creían tener con Él, dado que conocían a sus padres y a sus hermanos.

Para los que se relacionan con Jesús, tanto en los tiempos de la primera comunidad, como para nuestra comunidad actual, resulta inquietante y hasta incomprensible la humanidad de Jesús, tan cercano, tan de casa, tan de familia, lo hemos sentido que hasta podemos quedarnos sin fe, sin reconocerlo y sin aceptar su amor.

Hoy, tendremos que dejarnos tocar por este Jesús tan cercano, tan nuestro, pero que quiere establecer y profundizar una relación con nosotros.  Quizás, también a nosotros, nos pase que toda la vida lo hemos visto, hemos vivido en un ambiente de familiaridad con el Evangelio y ya no nos causa sorpresa.  Y si no nos toca en nuestro interior, si no llega a nuestro corazón, entonces, tampoco Jesús podrá hacer milagros en medio de nosotros.

Te invito a que este día, en las personas, en los acontecimientos y en el mismo Evangelio te dejes encontrar por Jesús y lo encuentres como algo novedoso, diferente, inquietante, para que también en ti haga milagros.  Reconoce al Jesús que está cerca de ti y camina contigo.

Martes de la IV Semana Ordinaria

2Sam 18, 9-10; 14; 24-25; 30. 19, 3

“¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!”. Es el grito angustiado de David, llorando, ante la noticia de la muerte de su hijo. La primera lectura (2S 18,9-10. 14b. 24-25a. 30-19,3) describe el fin de la larga batalla de Absalón contra su padre, el rey David, para quitarle el trono. David sufría por aquella guerra que el hijo, Absalón, le había declarado convenciendo al pueblo para luchar a su lado; tanto que David tuvo que huir de Jerusalén para salvar su vida. Descalzo, con la cabeza cubierta, insultado por unos y apedreado por otros, porque todos estaban con ese hijo que había engañado a la gente, había seducido el corazón de la gente con promesas.

 El texto describe a David a la espera de noticias del frente. Finalmente, la llegada de un mensajero le advierte: Absalón ha muerto en la batalla. “Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se puso a llorar. Decía al subir: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!»”. El que estaba con él se extraña de esta reacción: “Pero, ¿por qué lloras? Él estaba contra ti, te había negado, había renegado de tu paternidad, te ha insultado, te ha perseguido… ¡Mejor haz una fiesta, celebra que has vencido!”. Pero David solo dice: “¡Absalón, hijo mío, hijo mío!”, y llora. Este llanto de David es un hecho histórico pero también es una profecía. Nos muestra el corazón de Dios, qué hace el Señor con nosotros cuando nos alejamos de Él, qué hace el Señor cuando nos destruimos a nosotros mismos con el pecado, desorientados, perdidos. El Señor es padre y jamás reniega de esa paternidad: “Hijo mío, hijo mío”. Encontramos ese llanto de Dios cuando vamos a confesar nuestros pecados, porque no es como ir a la tintorería a quitar una mancha, sino que es ir al padre que llora por mí, porque es padre.

 La frase de David, “¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío!»”, es profética, insisto, y en Dios se hace realidad. Es tan grande el amor de padre que Dios tiene por nosotros que murió en nuestro lugar. Se hizo hombre y murió por nosotros. Cuando miremos el crucifijo, pensemos en ese “¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!”. Y sintamos la voz del Padre que en el Hijo nos dice: “Hijo mío, hijo mío”. Dios no reniega de sus hijos, Dios no regatea su paternidad.

 El amor de Dios llega hasta el extremo. El que está en la cruz es Dios, el Hijo del Padre, enviado para dar la vida por nosotros. Nos vendrá bien, en los momentos malos de nuestra vida –todos los tenemos–, momentos de pecado, momentos de alejamiento de Dios, sentir esa voz en el corazón: “Hijo mío, hija mía, ¿qué estás haciendo? No te suicides, por favor. Yo he muerto por ti”. Jesús lloró al ver Jerusalén. Jesús llora porque no dejamos que Él nos ame. Así pues, en el momento de la tentación, en el momento del pecado, en el momento en que nos alejamos de Dios, intentemos sentir esa voz: “Hijo mío, hija mía, ¿por qué?”

Mc 5, 21-43

Hoy el Evangelio nos presenta dos milagros de Jesús que nos hablan de la fe de dos personas bien distintas. Tanto Jairo —uno de los jefes de la sinagoga— como aquella mujer enferma muestran una gran fe: Jairo está seguro de que Jesús puede curar a su hija, mientras que aquella buena mujer confía en que un mínimo de contacto con la ropa de Jesús será suficiente para liberarla de una enfermedad muy grave. Y Jesús, porque son personas de fe, les concede el favor que habían ido a buscar.

El elemento que hace posible la acción de Dios, incluso de manera extraordinaria, es la fe.

La primera fue ella, aquella que pensaba que no era digna de que Jesús le dedicara tiempo, la que no se atrevía a molestar al Maestro ni a aquellos judíos tan influyentes. Sin hacer ruido, se acerca y, tocando la borla del manto de Jesús, “arranca” su curación y ella enseguida lo nota en su cuerpo. Pero Jesús, que sabe lo que ha pasado, no la quiere dejar marchar sin dirigirle unas palabras: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad»

A Jairo, Jesús le pide una fe todavía más grande. Como ya Dios había hecho con Abraham en el Antiguo Testamento, pedirá una fe contra toda esperanza, la fe de las cosas imposibles. Le comunicaron a Jairo la terrible noticia de que su hijita acababa de morir. Nos podemos imaginar el gran dolor que le invadiría en aquel momento, y quizá la tentación de la desesperación. Y Jesús, que lo había oído, le dice: «No temas, solamente ten fe». Y como aquellos patriarcas antiguos, creyendo contra toda esperanza, vio cómo Jesús devolvía la vida a su amada hija.


Dos grandes lecciones de fe para nosotros. Desde las páginas del Evangelio, Jairo y la mujer que sufría hemorragias, juntamente con tantos otros, nos hablan de la necesidad de tener una fe inconmovible.

Creer significa confiar aun ante la evidencia contraria; creer significa tomar los riesgos de ser criticados, creer es actuar, diría el Apóstol Santiago. Muchas veces nuestra fe queda solo a nivel de razón y no de actuación.

La verdadera fe es notoria pues expresa sin lugar a dudas la confianza y el abandono total en Dios. ¿Cómo es tu fe? ¿Es una fe intelectual, o es una fe que ante la evidencia contraria continúa diciendo: No entiendo Señor, pero creo que tú me amas y que harás lo que sea mejor para mí y para los míos?

Podemos hacer nuestra aquella bonita exclamación evangélica: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad»

Presentación del Señor

Lucas 2, 22-40

La fiesta que hoy celebramos, cuyo sentido amplísimo y muy profundo está expresado en las lecturas que acabamos de escuchar y en las oraciones, nos debe llevar a un mejor conocimiento vital y encarnado del misterio del Señor, Hijo de Dios, su Palabra eterna, pero también hermano nuestro, carne y sangre nuestra, luz que nos ilumina.  Nos debe llevar también a salir al encuentro de este Señor que se nos presenta; condición indispensable para que actúe en nosotros su obra de salvación.

La fiesta de la Presentación de Jesús al Templo es llamada también la fiesta del encuentro: el encuentro entre Jesús y su pueblo; cuando María y José llevaron a su niño al Templo de Jerusalén, ocurrió el primer encuentro entre Jesús y su pueblo, representado por dos ancianos Simeón y Ana.

Aquel fue también un encuentro al interior de la historia del pueblo, un encuentro entre los jóvenes y los ancianos: los jóvenes eran María y José, con su recién nacido; y los ancianos eran Simeón y Ana, dos personajes que frecuentaban el Templo.

Observamos qué cosa dice de ellos el evangelista Lucas, cómo los describe. De la Virgen y de san José repite por cuatro veces que querían hacer aquello que estaba prescrito por la Ley del Señor.

Se intuye, casi se percibe que los padres de Jesús se alegran de observar los preceptos de Dios, sí, la alegría de caminar en la Ley del Señor. Son dos recién casados, han tenido apenas su niño, y están animados por el deseo de cumplir aquello que está prescrito. No es un hecho exterior, no es por cumplir la regla, no. Es un deseo fuerte, profundo, lleno de alegría. Es aquello que dice el Salmo: «Tendré en cuenta tus caminos. Mi alegría está en tus preceptos… Tu ley es toda mi alegría» (119,14.77)

¿Y qué cosa dice san Lucas de los ancianos? Subraya que estaban guiados por el Espíritu Santo.

De Simeón afirma que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel y que el Espíritu Santo estaba en él; dice que el Espíritu Santo le había prometido que no moriría antes de ver al Mesías del Señor; y finalmente que se dirigió al Templo conducido por el Espíritu.

Luego de Ana dice que era una profetisa, o sea inspirada por Dios; y que no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones.

En resumen, estos dos ancianos están llenos de vida. Están llenos de vida porque son animados por el Espíritu Santo, dóciles a su acción, sensibles a sus llamados.

Y he aquí el encuentro entre la santa Familia y estos dos representantes del pueblo santo de Dios. En el centro está Jesús. Es Él quien mueve todo, que atrae a unos y otros al Templo, que es la casa de su Padre.

Que nuestra Eucaristía de hoy, bajo el impulso del Espíritu, sea un encuentro nuevo y más profundo con Jesús, una aceptación nueva de Jesús como luz y guía, y una ofrenda cada vez más plena y perfecta, total, de lo que somos y tenemos junto con Cristo, la ofrenda perfecta al Padre.

Sábado de la III Semana Ordinaria

2Sam. 12, 1-7. 10-17.

¿Quién de nosotros puede sentirse libre de culpa? Dios conoce nuestras maldades, miserias y pecados. ¡Ojalá y con grandes penitencias hubiésemos logrado lavar nuestras culpas!

Hay Alguien que, por nuestros pecados, aceptó ir libremente a la muerte para purificarnos y presentarnos libres de culpa ante su Padre Dios. Y por más ayunos, por más sayales que nos hubiésemos puesto, por más oraciones elevadas ante Dios, por nosotros mismos jamás hubiésemos logrado ser perdonados.

Por eso no podemos decir que hubiésemos podido evitar que Cristo muriera, pues la Salvación sólo nos llegaría por su Muerte Salvadora. A nosotros corresponde no vivir encadenados al mal, sino aceptar esa salvación que sólo nos viene de Dios por medio de su Hijo.

Por eso, reconozcamos con humildad que hemos pecado, confesemos nuestros pecados, aceptemos a Cristo como nuestra única salvación, y Dios tendrá compasión de nosotros y nos dará vida eterna.

Mc. 4, 35-41.

Jesús es Dios-con-nosotros. ¿Creemos realmente esto? Si es así entonces no podemos tener miedo ni aunque se levante una tempestad tormentosa que quisiera acabar con nosotros.

Al proclamar el Evangelio del Señor tratamos, como instrumentos del Espíritu Santo que habita en nosotros, de suscitar la fe en Jesús. Tal vez este anuncio sea acompañado de señales que ayuden a comprender que no vamos en nombre propio, sino en Nombre de Dios.

Pero finalmente esas señales no son tan importantes cuanto sí lo ha de ser el lograr la finalidad del Evangelio: Que Jesús sea reconocido como Dios y como el único Salvador de la humanidad.

Vivamos confiados en Dios y dejémonos conducir por su Espíritu para que al anunciar su Nombre a los demás no queramos hacer nuestra obra, sino la obra de Dios para que todos encuentren en Cristo el camino que nos conduce al Padre.

Viernes de la III Semana Ordinaria

2Sam 11,1-4.5-10.13-17

La primera lectura se centra en la figura del santo rey David, que cometió muchos pecados: el censo del pueblo y el asunto de Urías, al que manda matar, tras haber dejado encinta a su mujer Betsabé. Elige el asesinato porque su plan para arreglar las cosas, después del adulterio, fracasa miserablemente. David siguió su vida normal y tranquilo. ¡Su corazón ni se movió! ¿Cómo el gran David, que es santo, que había hecho tantas cosas buenas y que estaba tan unido a Dios fue capaz de hacerlo? Porque eso no pasa de un día para otro. El gran David fue resbalando lentamente.

 Poco a poco el pecado se apodera del hombre aprovechando su comodidad. Todos somos pecadores, y a veces cometemos pecados del momento –me enfado, insulto, y luego me arrepiento– y otras veces, en cambio, nos dejamos resbalar hacia un estado de vida donde todo parece normal. Normal, por ejemplo, como no pagar a la empleada doméstica lo que se debe, o pagar la mitad de lo debido a quien trabaja en el campo. Pero es gente buena –parece– la que hace eso, que va a Misa todos los domingos, que se dice cristiana. ¿Pero cómo haces eso? Porque has caído en un estado donde has perdido la conciencia del pecado. Y ese es uno de los males de nuestro tiempo. Pío XII lo había dicho: perder la conciencia del pecado. “Se puede hacer de todo…”, y al final se pasa una vida para resolver un problema.

 No son cosas antiguas. Recuerdo un reciente asunto sucedido en Argentina con algunos jóvenes jugadores de rugby que mataron a un compañero a golpes, tras una noche de movida. ¡Chicos convertidos en una manada de lobos! Un hecho que abre interrogante sobre la educación de los jóvenes, sobre la sociedad. Muchas veces hace falta una bofetada de la vida para detenerse, para parar ese lento resbalar hacia el pecado. Hace falta una persona como el profeta Natán, enviado por Dios a David, para hacerle ver su error.

 Pensemos un poco: ¿cuál es la atmósfera espiritual de mi vida? ¿Estoy atento, necesito siempre a alguien que me diga la verdad, o no, creo que no? ¿Escucho la reprimenda de algún amigo, del confesor, del marido, de la mujer, de los hijos… que me ayuda un poco? Viendo esta historia de David –del santo rey David– preguntémonos: si un santo fue capaz de caer así, estemos atentos, hermanos y hermanas, porque también nos puede pasar a nosotros. Y preguntémonos también: ¿en qué atmósfera vivo? Que el Señor nos dé la gracia de enviarnos siempre a un profeta –puede ser el vecino, el hijo, la madre, el padre– que nos abofetee un poco cuando estemos resbalando hacia esa atmósfera donde parece que todo sea lícito.

Mc 4, 26-34

Como continuación de la explicación de la parábola del sembrador, Jesús nos presenta cómo es que crece el Reino.

Nos deja ver que no es nuestro esfuerzo el que hace crecer el Reino sino la fuerza y la vida que ya está en él.

A veces pensamos que nuestro esfuerzo de evangelización no está resultando y no da fruto. Sin embargo la acción escondida de Dios en el corazón de aquellos con los que compartimos la Palabra y nuestro testimonio cristiano va haciendo germinar en ellos la vida del Espíritu.

Por otro lado, parecería que nuestro esfuerzo es muy pequeño, sin embargo ese pequeño grano, ese esfuerzo por hacer que Dios sea conocido y amado, crecerá con la gracia de Dios, hasta ser un gran árbol.

Por lo que no debemos de desanimarnos; lo que Dios espera de nosotros es que ayudemos a esparcir la semilla y que tengamos fe en el poder que encierra en sí mismo el Evangelio y el testimonio cristiano.

Jueves de la III Semana Ordinaria

2 Sam 7, 18-19. 24-29

Hoy hemos oído la respuesta oracional de David a la profecía de Natán, en la que el Señor le prometía una descendencia y un reino para su dinastía.

La oración de David, como se ha hecho notar, tiene tres partes:

Primero, un acto de humildad ante los beneficios recibidos: «¿Quién soy yo, Señor… para que me hayas favorecido tanto…?»

Segundo,  un himno de alabanza: «Nadie hay como tú, ni hay otro Dios fuera de ti».

Y tercero,  una súplica para que Dios guarde sus promesas: «Dígnate, pues, ahora, bendecir la casa de tu siervo, para que permanezca siempre ante ti, porque tú, Señor, Dios, lo has dicho, y con tu bendición, la casa de tu siervo será bendita para siempre».

Esta es una oración modelo: reconocer la grandeza del Señor y reconocer la propia pequeñez, reconocer su misericordia, alabándola y, como expresión de esos reconocimientos, la expresión de la súplica confiada.

Mc 4, 21-25

Hoy San Marcos nos narra unas sentencias que han quedado en la memoria de los discípulos. La primera tomada del diario vivir y de la necesidad de la luz. No se puede, ni se debe esconder la luz. Es para que alumbre a toda la casa. Igual el discípulo de Jesús no debe permanecer en la oscuridad y en la indiferencia. Con sus obras y sus palabras debe mostrarse como seguidor de Jesús.

El sentido de la luz no es el de maravillar y aparecer, deslumbrar, no, es el de iluminar y ayudar a ver. No se trata de esas manifestaciones a veces hasta agresivas diciéndonos católicos. Se trata de hacer ver en nuestras obras que realmente estamos viviendo la palabra de Jesús.

La segunda sentencia parecería aún de sentido común y muy humano: tratar al otro como quieres que te traten a ti. Y esto que parece sencillo y hasta humano, muchas veces no lo encontramos en hombres que parecerían sumamente religiosos. Se nos olvidan los sentimientos del otro; no pensamos en su particular situación. Solamente queremos imponer nuestras ideas y nuestros intereses.

¿No es verdad que a veces los diálogos parecen discursos entre sordos? Se habla y se habla y no se escuchan las razones del otro. Se nos olvida que Dios nos dio dos oídos y solamente una lengua. Debemos escuchar doblemente antes de hablar. Hay que ponernos en los zapatos del otro.

Termina el pequeño pasaje de este día con un proverbio que parecería contrario a la predicación de Jesús: “al que tiene, se le dará…” ¿No es injusto lo que dice Jesús? Si lo miramos en el sentido del que recibe y hace fructificar un don, encontraremos que es una realidad. Una gracia desperdiciada trae consecuencias funestas; un don bien recibido atrae más dones. ¿Qué nos dirá hoy a cada uno de nosotros el Señor?

SANTOS TIMOTEO Y TITO

Mc 3, 22-30

El amor contagia, la pasión por el Evangelio también.  Cómo es importante la relación de las personas.  Al reunirnos con personas que viven el Evangelio, fácilmente podremos también enamorarnos nosotros de la Palabra de Dios.  Al hacernos amigos de los poderosos, de los ricos y de los amantes del dinero, también empezaremos nosotros a tener esas preocupaciones y prioridades.

Hoy celebramos a dos santos que vivieron de muy cerca la pasión de Pablo enamorado de Jesús y ellos también se nos manifiestan como grandes enamorados del Evangelio: Timoteo y Tito.

Al mismo tiempo que nos manifiestan cómo se va propagando la Palabra de Dios y cómo hay discípulos capaces de entregar la vida en la difusión del Evangelio, nos muestran también el rostro de las primeras comunidades, llenas de entusiasmo, pero enfrentadas a graves dificultades tanto internas como externas.

El Espíritu Santo va suscitando nuevos servicios y ministerios en una Iglesia frágil, pero llena de ilusiones y de fuerzas en Jesús resucitado.

Las narraciones nos presentan a estos dos grandes apóstoles de una manera muy humana, con defectos y virtudes, con anhelos y fracasos.  A ellos, san Pablo busca sostenerlos en la fe y les confía el cuidado de una porción de la Iglesia.  Contemplando a estos dos grandes santos se nos hace muy presente nuestra iglesia actual, también enfrentada a dificultades externas, en un mundo que parecería que se cierra al Espíritu, pero que manifiesta hambre de verdad, de justicia y de paz.

Nuestra Iglesia, igual que la primitiva Iglesia debe enfrentar también a sus propias deficiencias, los errores de nosotros, miembros frágiles, pero no debe nunca caer en el pesimismo ni en la desesperación.  Deberemos sentirnos todos los miembros de la Iglesia muy unidos, fortalecidos en la esperanza, en un Dios que no miente y que se hace presente en medio de nosotros.  Y también nosotros, al igual que Pablo que Timoteo o Tito, nos sostengamos unos a otros no haciéndonos cómplices del mal, sino buscando la verdad, la justicia, la solidaridad y la verdadera fraternidad.

Que al contemplar la fidelidad de la primitiva Iglesia nos fortalezca también a nosotros.  Las dificultades son muy parecidas y el que nos sostiene es el mismo: Cristo Resucitado

Pidamos al Señor, que por intercesión de San Timoteo y Tito, nosotros seamos también esos evangelizadores audaces y valientes que el Señor espera de cada uno de nosotros.

Sábado de la II Semana Ordinaria

2Sam. 1, 1-4. 11-12. 17. 19. 23-27.

A David le duele la muerte de Saúl, que se había levantado en contra suya, pero en contra del cual él jamás quiso levantar la mano, pues, decía, era el ungido de Dios; y por eso, mientras fuera el Rey de Israel, merecía todo respeto; lo contrario sería ir en contra de la voluntad de Dios.

Esto es para nosotros un gran ejemplo de cómo hemos de amar y respetar a las autoridades legítimamente constituidos, especialmente dentro de la Iglesia, viviendo sin rebeldía en contra de quienes Dios puso al frente de su Pueblo, conforme a su voluntad soberana. Puesto que ha muerto también Jonatán, su amigo íntimo, David eleva una elegía de dolor tanto por él como por su padre.

En el fondo vislumbramos aquellas palabras en las que se nos dirá que a Dios le llena de pesar la muerte de los suyos. Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Y no importan nuestras grandes miserias; Dios simplemente quiere que estemos con Él eternamente, pues a nadie creó para su condenación; por eso Dios no se recrea en la muerte de los suyos. Dejémonos amar por Dios y permitámosle llevar adelante en nosotros su obra de salvación.

Marcos 3, 20-21

A primera vista parece que este Evangelio habla mal de Cristo en vez de hablar bien. Pero si leemos entre líneas encontraremos que no es así.

Cristo se consagró al Padre para cumplir una misión dada, concreta e importantísima, que era precisamente la salvación de todos los hombres.

Y Cristo, sabiendo la responsabilidad que tenía y teniendo un amor infinito hacia el Padre, no dudaba en sacrificar nada para cumplir su misión, por amor al Padre y a los hombres.

Si tenía que predicar todo el día, lo hacía, aunque esto implicara quedarse sin comer, aunque no durmiera, aunque apenas tuviera tiempo para descansar.

Hasta cierto punto, es normal que sus parientes, al verle, dijeran “está fuera de sí.” Y claro, una persona apasionada por llevar el Evangelio a todas las gentes no puede hacer otra cosa que aparecer como un loco delante de los hombres.

Pero delante de Dios, es un héroe, pues su principal motivación es el amor. Contemplemos el ejemplo de Cristo e imitémosle en esa locura por hacer el bien a los que nos rodean, por amor a Cristo y su Reino.

Viernes de la II Semana Ordinaria

1Sam. 24, 3-21.

David, según el texto del libro de Samuel,  es un ejemplo de honestidad: respeta al rey, ungido del Señor; trabaja por él y por el pueblo en las batallas; no se aprovecha de oportunidades que le facilitarían la venganza a su ofensor…

¿Quién es justo, sino sólo Dios? ¿Quien de nosotros pudiera decir que no tiene pecado, para lanzar la primera piedra contra los pecadores? Dios quiere que reconozcamos nuestra propia realidad, aquella que sólo Él conoce, pues ante Él estamos como desnudos: todo está patente ante sus ojos.

Él podría habernos condenado; pero el amor que nos tiene le llevó a enviarnos a su propio Hijo para que, libres de pecado, podamos presentarnos santos, purificados y hechos hijos suyos ante Él.

No condenemos y no seremos condenados; no juzguemos y no seremos juzgados. Y aun cuando tengamos a nuestro enemigo a la altura de nuestra mano jamás nos hagamos justicia, pues nosotros hemos sido enviados como signos del amor de Cristo.

El juicio le corresponde a Dios; y Él nos tiene paciencia y retarda su juicio hasta el final de nuestra vida. Mientras, como un Padre amoroso, espera nuestro retorno para recibirnos llenos de alegría en su casa. Amemos, por tanto, a nuestros hermanos, como nosotros hemos sido amados por Dios.

Mc 3, 13-19

¿En qué te fijas tú para escoger a tus amigos? ¿Qué cualidades y condiciones le pondrías a una para tenerle tanta confianza para encargarle lo más importante?

Siempre sorprende la forma de actuar de Dios Padre, que es la misma forma de actuar de Jesús.

San Marco comienza la narración del evangelio de hoy de una manera solemne, haciéndonos subir al monte con Jesús.  En un monte se había hecho la primera Alianza, en un monte se había dado los mandamientos.  En la montaña se siente más la presencia de Dios.  A la montaña se va para orar en los momentos decisivos.  Y después de esta solemne introducción, San Marcos nos dice que Jesús llamó a los que Él quiso.

Curiosidad grande tendríamos de ver quiénes son los elegidos.  Empezamos a ver los nombres y encontramos representantes de todos los estilos, de todos los caracteres, de todas las tendencias, pero todos, como un día alguien dijo, de bajo perfil.

¿Por qué los llamó?  Porque Él quiso.  Quizás podríamos decir porque Él los quiso y los quiere.

Entre los doce escogidos, número más simbólico que necesario, tenemos toda la gama de personas, pero todos reconociéndose amados por Jesús.  No destruye sus familias, pero sí constituye una nueva familia.  De ahora en adelante los encontraremos a todas horas con Jesús, estando de acuerdo con Él o mirándolo con desconfianza y perplejidad; aprobando sus decisiones o teniendo miedo ante sus actuaciones.

Los ha invitado para que se quedarán con Él.  San Juan nos había dicho en días pasados que los había invitado a que vieran dónde vivía y que después pudieron estar más.  “Hemos encontrado al Mesías”

Estar con Jesús es la primera tarea de todo discípulo.  Reconocerse amado, querido, escogido por Él, sin mayor mérito que su gratuito amor.

Quizás este día podríamos repetir como un estribillo “Jesús me ha escogido porque me ama”.  Quizás podríamos a todas horas vivir en la atmósfera de su amor.  No se necesita dejar de hacer, se necesita interiorizar ese amor.

Las otras finalidades es esta lección se pueden decir que brotan espontáneamente después de saberse amado: proclamar el Evangelio y expulsar a los demonios.  Si me reconozco y experimento amado por Jesús, necesariamente tendré que manifestar ese amor; si he convivido con Él, que es el Santo de Dios, no permitiré que los demonios de la mentira, de la injusticia, de la corrupción se aniden en mi corazón o en mi familia.

Hoy me siento escogido por Dios