
Hoy, Viernes Santo, recordamos la muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Ayer veíamos a Cristo dándose en el sacramento de la Eucaristía sobre el altar, hoy el altar está desnudo, única vez que sucede esto en todo el año, hoy está desnudo el altar, como Cristo está sólo en la cruz.
En este día de Viernes Santo, nos podemos preguntar: ¿por qué tenía que morir Cristo en la cruz? ¿Por qué tanto dolor, tanto sufrimiento? Ya el mismo Jesús había anunciado que “era necesario que el Hijo del Hombre padeciese y muriese”.
La muerte de Jesús en la cruz es la mayor prueba del amor de Dios por nosotros, porque nos ama. Jesús entrega su vida en la cruz. Pero en esa misma cruz Dios acaba con el poder de la muerte, y Jesús muriendo destruyó nuestra muerte y nos abrió el camino del cielo y de la esperanza en la vida eterna. Jesús murió por nosotros, porque nos ama y murió por nuestra salvación, para rescatarnos del poder de la muerte y del mal y así darnos una vida sin miedo. La promesa de Jesús al buen ladrón, es la promesa para todos nosotros: hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso.
Cristo desde la cruz no solamente manifiesta cuánto nos ama sino que además asume en sí mismo y en su corazón cada uno de los dolores de las personas, cada uno de nuestros sufrimientos, todo el dolor del mundo. Cristo, el inocente, el que no tenía por qué sufrir nada, ha sido capaz de cargar con los dolores de la humanidad. Cristo ha soportado lo que nosotros debíamos sufrir. Pero además de cargar con nuestro dolor físico, con nuestras enfermedades, ha cargado con nuestras culpas. Porque eran nuestras culpas las que Él llevaba como dice el profeta Isaías y nuestros pecados los que lo golpearon. Han sido nuestras rebeldías quienes lo han herido. Cristo ha soportado el castigo, que nosotros merecíamos por nuestras culpas.
Cristo no carga solamente con el dolor, sino con el dolor y el pecado. Y Cristo, nos dice la carta a los Hebreos que hemos proclamado, aprendió sufriendo a obedecer. El Señor dirigió súplicas a su Padre para que lo librara de la muerte, pero Dios Padre quiere que pase por la prueba final y no quiere ahorrar a su Hijo el paso de la muerte ni tampoco el dolor. Y Jesús en el huerto de Getsemaní, le dice: “Padre que no se haga mi voluntad sino la tuya”.
Cristo ha venido al mundo para quitar a los hombres sus cargas y para cargar con nuestras cruces, para cargar con los pesos del mundo, para carga con las muertes del mundo. Ha venido para salvar y redimir al hombre y dar un sentido al sufrimiento.
Desde la cruz, Cristo continúa siendo nuestro maestro. Desde la cruz sigue enseñándonos, nos da lecciones de oración y de perdón. Le pide a Dios Padre que perdone a los que lo están crucificando. Perdona al ladrón arrepentido, que le pide que lo lleve al Paraíso. Desde la cruz, Jesús nos da lecciones de generosidad y entrega. Entrega al cielo al ladrón arrepentido, entrega a su Madre al discípulo amado, a Juan, y con él nos la entrega a todos nosotros; entrega su sangre por cada uno de nosotros. Cristo desde la cruz abre sus brazos para darnos el gran abrazo a toda la humanidad.
Asumiendo Cristo nuestro dolor, nuestros pecados, con esa entrega total, Él nos está redimiendo a cada uno de nosotros. Cristo nos ha salvado. No tengamos ya miedo al dolor, no tengamos ya miedo a la muerte, no tengamos ya miedo a las consecuencias del pecado, porque Cristo, con su cruz, con su donación total, ha redimido al mundo.
Vamos a pedir ahora por todas las necesidades del mundo y después adoraremos, con respeto y veneración, el árbol de la cruz y de la muerte, que se ha convertido para nosotros en árbol de salvación de vida eterna.

