Viernes de la IV Semana Ordinaria

Eclo 47, 12-13

Este corto pasaje de uno de los libros de la sabiduría de Israel, pondera lo valioso que es el permanecer en la presencia del Señor y buscar con todo el corazón, agradarlo y hacer su voluntad. No obstante que David pecó, Dios derrotó a sus enemigos y consolidó su trono.

Que importante es, pues, el que busquemos con todo nuestro corazón agradar a Dios durante toda nuestra vida, pues solamente Él es quien puede librarnos de nuestro egoísmo y de todo aquello que pudiera evitar el que seamos plenamente felices.

Este pasaje nos muestra como David, reconocía que todo cuento acaecía en su vida, tenía como origen a Dios y por eso lo honraba con todo su ser. Tu también, ve descubriendo que tanto en tus éxitos como en tus trabajos, Dios está en medio de ellos; que todo cuanto tienes procede de su mano generosa, y de esta manera vete convirtiendo en parte de este grupo de adoradores que glorifica y bendice a Dios por su infinita bondad y misericordia para con el pobre ser humano. Da gloria a Dios en tu vida, y Él consolidará tus proyectos, tu familia y en todo cuanto emprendas verás resplandecer la gloria de Dios.

Marcos 6, 14-29

Al leer el Evangelio de hoy vemos que Juan Bautista fue enviado por Dios para señalar el senda, el camino de Jesús. El último de los profetas tuvo la gracia de poder decir: “Este es el Mesías”. La labor de Juan Bautista no fue tan predicar que Jesús venía y preparar al pueblo, sino dar testimonio de Jesucristo y darlo con su propia vida. Y dar testimonio de la senda elegida por Dios para nuestra salvación: la senda de la humillación. Pablo la expresa tan claramente en su Carta a los Filipenses: “Jesús se anonadó a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz” (cfr. Flp 2,8). Y esa muerte de cruz, esa senda de anonadamiento, de humillación, es también nuestra senda, la senda que Dios muestra a los cristianos para seguir adelante.

 Tanto Juan como Jesús tuvieron la tentación de la vanidad, de la soberbia: Jesús en el desierto con el diablo, después del ayuno; Juan ante los doctores de la ley que le preguntaban si era el Mesías: habría podido responder que era su ministro, pero se humilló a sí mismo. Ambos tenían autoridad ante el pueblo, su predicación era respetada. Y ambos tuvieron momentos de decaimiento, una especie de depresión humana y espiritual: Jesús en el Huerto de los olivos y Juan en la cárcel, tentado por el gusano de la duda de si Jesús era de verdad el Mesías. Ambos acaban del modo más humillante: Jesús con la muerte en la cruz, la muerte de los criminales más viles, terrible físicamente y también moralmente, desnudo ante el pueblo y su madre. Juan Bautista decapitado en la cárcel por un guardia, por orden de un rey debilitado por los vicios, corrupto por el capricho de una bailarina y el odio de una adúltera. El profeta, el gran profeta, “el hombre más grande nacido de mujer” —así lo califica Jesús— y el Hijo de Dios escogieron la senda de la humillación. Es la senda que nos muestran y que los cristianos debemos seguir. De hecho, en las Bienaventuranzas se subraya que el camino es el de la humildad.

 No se puede ser humildes sin humillaciones. Saquemos, pues, una enseñanza de este mensaje de la Palabra de Dios. Cuando buscamos hacernos ver, en la Iglesia, en la comunidad, para tener un cargo u otra cosa, esa es la senda del mundo, es una senda mundana, no es la senda de Jesús. Y también a los pastores les puede pasar esta tentación de “trepar”: “Esto es una injusticia, esto es una humillación; no lo puedo tolerar”. Pues si un pastor no sigue esa senda, no es discípulo de Jesús: ¡es un “trepa” con sotana! No hay humildad sin humillación. No tengamos miedo de las humillaciones. Pidamos al Señor que nos envíe alguna para hacernos humildes e imitar mejor a Jesús.

Viernes de la IV Semana Ordinaria

Mc 6, 14-29

Estamos ante un pasaje evangélico en los que la gente se pregunta por la identidad de Jesús: “Es un profeta como los antiguos”, “es Elías”, y la escena se centra en Herodes, que siente curiosidad por Jesús, y del que afirma que es Juan Bautista, a quien él había mandado decapitar, y que ha resucitado. El pasaje de Marcos a continuación narra la historia de la muerte de Juan Bautista.

Quiero centrarme en la parte en que el rey Herodes hace una promesa a la hija de Herodías, seducido por su baile: “Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino”. Nos podemos fijar en los personajes. Por un lado, está un rey embriagado, sin capacidad de discernir, incapacitado para pensar sobre decisiones fundamentales de la vida, sobre todo cuando está en juego la vida de un profeta. Por otro lado, está la hija, que pide la orientación de su madre Herodías, y que se deja manipular por la ira y venganza de su madre. Por último, está Herodías, que se muestra implacable porque ve la oportunidad de vengarse del profeta. El texto dice que aborrecía a Juan el Bautista y quería quitarlo de en medio.

Embriaguez, incapacidad, desorientación, manipulación y venganza dieron por aniquilada la vida de un profeta. No siempre es la verdad profética lo que genera vida. No siempre es la estabilidad, el bienestar o el poder lo que garantiza los derechos y la justicia. En ocasiones median otros intereses políticos, personales, culturales o religiosos que ciegan nuestra vida. ¿Cuál es la verdad profética que lanzaremos a los hombres de hoy cuando son estas actitudes las que se fomentan en nuestra cultura? ¿Cuál es la esperanza frente a la aniquilación? ¿Cuál nuestra sed de justicia frente al abuso de poder? ¿Cuál es la verdad que pronunciamos frente a la manipulación? ¿A quién dirigirnos que no nos encamine a la venganza de sus intereses? ¿Cuál es la historia de las personas que aborreces? ¿Cuál fue la verdad que cuestionó tu vida?

Cristo es nuestro horizonte y la respuesta a todas las preguntas. Su fama puede extenderse en nuestra vida. Su identidad responde al amor, a la verdad, a la justicia, a la fraternidad, a la lealtad para con el Padre, a una historia de fidelidad a Dios y a los hombres. Una historia de sacrificio, una historia de perdón.

A veces la verdad no es bien acogida. Una llamada al cambio y a la conversión no siempre tiene una respuesta positiva de las personas. Siempre puede haber resistencias tanto al cambio como al amor que se nos brinda. Cuando no respondemos a la llamada de la fe y no consideramos la verdad de nuestra vida, puede ser motivo para desatar actitudes que van de la erosión de la misma vida a la nulidad de la estabilidad.

Viernes de la IV Semana Ordinaria

Mc 6, 14-29

Cuando escuchamos estos relatos quedamos aterrorizados y no queremos imaginar hasta donde llega la perversidad de la humanidad.  Sin embargo no está lejano de lo que diariamente escuchamos en las noticias tanto nacionales como internacionales.  Actos demenciales que rompen con la armonía de la comunidad y destruyen vidas de personas inocentes.

Cada día amanecemos con el sobresalto preguntándonos que nueva masacre ha sucedido o si no ha sido atacado alguno de nuestros conocidos. 

Las escenas se repiten en los noticieros, y a cada acto salvaje que creíamos era el último y el más cruel, se añade otro más salvaje.  Personas que parecía tan cuerdas y trasparentes, servidores públicos, modestos obreros, se descubren como estafadores y crueles criminales.

¿Qué sucede en nuestra humanidad?  ¿Hasta dónde seremos capaces de llegar?

El relato del evangelio de hoy pone en evidente contraste las figuras de Herodes y de Juan el Bautista.  Herodes miraba con simpatía y respeto a Juan, y sin embargo a un pecado añade otro peor.  Pero así es el mal, un abismo llama a otro abismo, una pequeña falta llama a faltas más graves.  Y si preguntamos por las personas o nos encontramos con los asesinos, descubriremos que no es que hayan nacidos así o se hayan transformado de un momento a otro, sino que fueron haciendo una cadena de pequeñas acciones malas al principio y después cada día es peor.

Ni los santos ni los criminales se hicieron en un solo día, se van haciendo en las pequeñas obras, o las pequeñas corrupciones de cada día.  Nosotros, dependiendo de lo que hagamos hoy podremos iniciar la cadena de maldad o la cadena del amor, la fidelidad y de la justicia.