Viernes de la IX Semana Ordinaria

2 Tim 3, 10-17

Hoy hemos oído esas palabras de San Pablo que decía: “sean imitadores míos como yo lo soy de Jesucristo”.

Timoteo fue un testigo cercano y un copartícipe de muchas de las actividades apostólicas de Pablo, por esto le recuerda: “mi modo de vivir, mis planes, mi fe, mi paciencia, mi amor fraterno, mi constancia, mis persecuciones y sufrimientos…”  Timoteo podía ver esto en gran relieve y con todo detalle.  “Todos los que quieran vivir como buenos cristianos también serán perseguidos” nos recuerda el apóstol.  Vivir una auténtica vida cristiana siempre supondrá luchas, esfuerzos, paciencia, perseverancia.

Pablo presenta como base de fuerza y como instrumento de lucha, la Santa Escritura.  Sería bueno preguntarnos hoy nuestra actitud ante la Palabra de Dios.  ¿La buscamos?  ¿La aprovechamos?  ¿La meditamos?  ¿La transformamos en oración?

Mc 12, 35-37

Estos días, como primera lectura, hemos estado leyendo pasajes de la Segunda Carta de San Pablo a Timoteo que nos ofrecen una serie de expresiones de amistad y confianza, pero también muchos consejos y palabras de ánimo para quien tiene que conducir una comunidad y sufre a causa de la Buena Nueva.

San Marcos por su parte recoge una cita del Antiguo Testamento que parecería prometer al Mesías una victoria segura, libre del sufrimiento: “Siéntate a mi derecha, yo haré de tus enemigos el estrado donde pongas los pies” ¿Por qué entonces el sufrimiento y la cruz de Jesús? Fue una pregunta acuciante que dolía entre los discípulos y que poco a poco fueron entendiendo a la luz de la Resurrección y de una nueva forma de entender el mesianismo.

San Pablo recurre a los ejemplos de sus propios sufrimientos y dolores. Describe sus fracasos y problemas, no con angustia o como reclamo, sino como gloria de lo que ha sufrido unido a Cristo Jesús, por eso llega a afirmar: “¡Qué duras persecuciones tuve que sufrir! Pero de todas me libró el Señor”. Siempre en la persecución, Pablo sintió la presencia de Jesús y lo sufrió con alegría. Y lanza una afirmación atrevida y fuerte: “Todos los que quieran vivir como buenos cristianos, también serán perseguidos”.

¿Dónde quedan, entonces, esas teologías de una retribución casi a fuerzas que asegura la felicidad por las buenas obras?

No podemos entender el seguimiento de Jesús como un billete seguro para la felicidad sin contratiempos ni dificultades, pero lo que sí es seguro es que quien sigue a Jesús, a pesar de los problemas, encuentra paz interior. No es la paz del no hacer nada ni comprometerse con nada, sino la paz y satisfacción que da la lucha por la verdad y la justicia.  De ahí la invitación que hace San Pablo, no sólo a Timoteo, sino a todo discípulo: “Tú, en cambio, permanece firme en lo que has aprendido… la Sagrada Escritura puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación”.

Palabras de ánimo también para nuestros tiempos donde también aparecen perseguidos quienes buscan los valores del Reino: justicia, verdad, honradez… Pero, por Jesús y con Jesús, vale la pena afrontar las dificultades y problemas, vale la pena ser perseguido.

Jueves de la IX Semana Ordinaria

2 Tim 2, 8-15

San Pablo recomienda a Timoteo, en la Lectura de hoy: “Haz memoria de Jesucristo el Señor”. Es un ir atrás con la memoria para encontrar a Cristo, para encontrar fuerzas y poder caminar hacia adelante. La memoria cristiana es siempre un encuentro con Jesucristo. La memoria cristiana es como la sal de la vida. Sin memoria no podemos ir adelante. Cuando encontramos cristianos “desmemoriados”, enseguida vemos que han perdido el sabor de la vida cristiana y acaban en personas que cumplen los mandamientos, pero sin mística, sin encontrar a Jesucristo. Y debemos encontrar a Jesucristo en la vida. Son tres las situaciones en las que podemos encontrar a Jesucristo: en los primeros momentos, en nuestros antepasados y en la ley.

La Carta a los Hebreos (10,31) nos indica qué hacer: “Traed a la memoria aquellos primeros días de vuestra conversión”, que erais tan fervientes… Todos tenemos momentos así: cuando encontró a Jesucristo, cuando cambió su vida, cuando el Señor le hizo ver su vocación, cuando el Señor lo visitó en un momento difícil… No olvidar esos momentos: debemos ir atrás y retomarlos porque son momentos de inspiración. En el corazón llevamos esos momentos. Busquémoslos. Contemplemos esos momentos. Memoria de esos momentos en los que encontré a Jesucristo. Memoria de esos momentos en los que Jesucristo me encontró a mí. Son la fuente del camino cristiano, la fuente que me dará las fuerzas. ¿Recuerdo esos momentos? ¿Momentos de encuentro con Jesús cuando me cambió la vida, cuando me prometió algo? Si no los recordamos, busquémoslos. Cada uno los tiene.

El segundo encuentro con Jesús viene a través de la memoria de los antepasados, que la Carta a los Hebreos (13,7) dice: “Acordaos de vuestros pastores, que os proclamaron la palabra de Dios, e imitad su fe, considerando el buen final de su conducta”. También Pablo, en esta segunda epístola a Timoteo (1,5), lo dice así: “Me viene a la memoria tu fe sincera, que arraigó primero en tu abuela Loide y en tu madre Eunice, y estoy seguro de que también en ti”. La fe no la hemos recibido por correo, sino de hombres y mujeres que nos han trasmitido la fe, y dice la Carta a los Hebreos: “Mirad a los que son una multitud de testigos y sacad fuerza de ellos, que sufrieron el martirio”. Siempre que el agua de la vida se vuelve un poco turbia es importante ir a la fuente y encontrar la fuerza para seguir adelante. Podemos preguntarnos: ¿Yo vuelvo la memoria a nuestros jefes, a mis antepasados? ¿Soy un hombre o una mujer con raíces? ¿O me he desarraigado? ¿Solo vivo en el presente? Si es así, pide enseguida la gracia de volver a las raíces, a aquellas personas que nos trasmitieron la fe.

Finalmente, la ley, que Jesús nos hace recordar en el Evangelio de Marcos (12,28b-34). El primer mandamiento es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios”. La memoria de la ley. La ley es un gesto de amor que hizo el Señor con nosotros porque nos señala el camino, nos dice: por esta senda no te equivocarás. Volver a la memoria la ley. No a la ley fría, la que parece simplemente jurídica. No. La ley del amor, la ley que el Señor ha inscrito en nuestros corazones. ¿Soy fiel a la ley, recuerdo la ley, repito la ley? A veces a los cristianos, incluso consagrados, nos cuesta decir de memoria los mandamientos: ‘Sí, sí, los recuerdo’, pero luego me equivoco, no recuerdo.

Acuérdate de Jesucristo, significa tener la mirada fija en el Señor en los momentos de mi vida en los que lo encontré, momentos de prueba, en mis antepasados y en la ley. Y la memoria no es solo ir atrás. Es ir atrás para seguir adelante. Memoria y esperanza van juntas. Son complementarias, y se completan. Acuérdate de Jesucristo, el Señor que vino, pagó por mí y que vendrá. El Señor de la memoria, el Señor de la esperanza. Cada uno puede hoy tomarse unos minutos para preguntarse cómo va la memoria de los momentos en los que encontré al Señor, la memoria de mis antepasados, la memoria de la ley. Y luego, cómo va mi esperanza, en qué espero. Que el Señor nos ayude en este trabajo de memoria e de esperanza.

Mc 12, 28-34

El Evangelio nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor a Dios y al prójimo.  Algunos fariseos se pusieron de acuerdo para poner a Jesús a una prueba. Uno de ellos, un doctor de la Ley le dirigió esta pregunta: «¿Maestro, en la Ley cual es el gran mandamiento?».

Jesús, citando el Libro del Deuteronomio respondió: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento»

Y podría haberse detenido aquí. En cambio Jesús añade algo que no había sido solicitado por el doctor de la ley: Dice de hecho: «El segundo es similar a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Tampoco este segundo mandamiento es inventado por Jesús, pues lo toma del Libro del Levítico.

La novedad consiste justamente en poner juntos estos dos mandamientos (el amor de Dios y el amor por el prójimo) revelando que estos son inseparables y complementarios, son dos caras de una misma moneda.

No se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios.

El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero, no porque está encima de la lista de los mandamientos. Jesús no lo pone encima, pero sí en el centro, porque del corazón todo tiene que partir y al cual todo tiene que retornar y hacer referencia.

Ya en el Antiguo Testamento, la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, incluía también el deber de tomarse cuidado de las personas más débiles, como el extranjero, el huérfano, la viuda.

Jesús lleva a cumplimiento esta ley de alianza, Él une en sí, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un mismo misterio de amor.

Así, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. No podemos separar más la vida religiosa, la vida de piedad del servicio a los hermanos, a aquellos hermanos concretos que encontramos.

No podemos más dividir la oración y el encuentro con Dios en los sacramentos, de escuchar al otro, de la proximidad a su vida, especialmente de sus heridas.

Acordaos de esto: el amor es la medida de la fe. ¿Cuánto me amas tú? Y cada uno se dé la respuesta. ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor.

Miércoles de la IX Semana Ordinaria

2 Tim 1, 1-3. 6-12

Pablo está encarcelado por segunda vez en Roma, mira ya cercana su muerte por Cristo.  Y tiene que dejar, ante todo, las instrucciones y recomendaciones llenas de doctrina, pero también muchos datos personales.  Por eso San Pablo escribe esta carta a su discípulo Timoteo.

San Pablo nos recomienda: «reavivémonos», efectivamente, este don vivo de Dios, su propia vida en nosotros, hay que reavivarlo continuamente, lo mismo que una planta viva pide que se le ponga en un buen terreno y en un clima apropiado, que se le alimente adecuadamente, que se la defienda de todo lo que atente contra esa vida.

La vida nueva del Señor resucitado es nuestra vida, nuestra fuerza, nuestra esperanza.

Pablo aparece ante nosotros como un modelo de fe en Cristo » estoy seguro de que él, con su poder, cuidará hasta el último día lo que me ha encomendado».

Mc 12, 18-27

Una de las cosas que siempre han cuestionado y preocupado al hombre es su destino final. ¿Qué pasa después de la muerte?

¿Nos gustaría a nosotros hacerle a Jesús la misma pregunta que le hacen los saduceos? Tenemos muchas dudas sobre lo que hay más allá de la muerte y por más que muchos ahora digan que les hablan a los muertos o que tienen comunicación con los espíritus, siempre quedamos en la ignorancia sobre lo que hay más allá.

Cristo mismo nos asegura que hay resurrección, pero no tenemos claro qué podremos encontrar. Nuestras pobres inteligencias se niegan a concebir una vida nueva diferente y queremos encasillar la resurrección como un continuo revivir, reencarnarse y al final terminaría en una vida monótona, sin novedad.

Cristo nos dice que tendremos vida en plenitud, no que viviremos como cadáveres; habrá una comunicación con nuestro Dios y una participación de su amor que nos hará vivir a todos como hermanos.

San Pablo busca animar a Timoteo y sostenerlo recordándole que nuestro Salvador Jesucristo ha destruido la muerte y ha irradiado la vida e inmortalidad por medio del Evangelio. Está enseñanza, de ningún modo nos debe excusar de un trabajo serio y comprometido con la realidad, sino todo lo contrario. Quien tiene fe en la resurrección de Jesús se une íntimamente a Él y se compromete seriamente por la vida en todos sus sentidos.

Es triste el ambiente de muerte que propiciamos al destruir la naturaleza, es increíble la dureza del corazón que debemos tener cuando somos capaces de destruir la vida desde el vientre, o en la ancianidad, con pretexto de que estorban o no son productivos.

Hoy el Señor nos llama al cuidado de la vida en todas sus expresiones: la vida de la persona que no debe ser destruida con el alcohol, con las drogas, con los excesos; la vida de los demás que debes cuidar preservar; la vida de la naturaleza, que al final de cuentas, da vida al hombre.

¿Somos cuidadores de la vida o somos destructores y pregoneros de muerte?

Jesús es la vida.

Martes de la IX Semana Ordinaria

II Ped 3, 12-15. 17-18

La carta de San Pedro es una orientación contra los falsos doctores que enseñan doctrinas falsas a las que predicó el Señor.

San Pedro nos habla del cual tiene que ser nuestra actitud ante la espera del Señor.  Mientras que el día del Señor venga, tenemos que trabajar por hacer un mundo más humano, un mundo donde reine la justicia y la paz.

Mientras viene el Señor, tenemos que estar siempre con un corazón limpio y debemos de estar en paz con Dios.  No tenemos que angustiarnos por ese día final, sino que hemos de vivir con esperanza.

La esperanza no consiste en tener una actitud gris y pasiva sino que es una virtud activa y alegre, es un compromiso de construir el Reino de Dios aquí en la tierra.

Cuando decimos «Venga tu Reino», no es simplemente un buen deseo de que hemos de sentarnos a esperar para ver cuando viene el Reino de Dios, sino que es comprometernos a ir construyendo el Reino de Dios en nuestro corazón, en nuestro hogar, en el trabajo, en nuestra comunidad.

Mc 12, 13-17

Hoy y en los días siguientes escucharemos una serie de trampas que le ponen a Jesús.  Los representantes de los distintos grupos dirigentes de Israel irán poniendo estas trampas una tras otra.  Jesús saldrá triunfante de todas ellas y aprovechará para proponer su doctrina evangélica.

Hoy se acercan a Jesús un grupo de fariseos y herodianos.  Los fariseos eran el grupo más religioso del tiempo de Jesús.  Los herodianos eran personas partidarias de un mesianismo político relacionado con la familia de Herodes.

Le preguntan a Jesús: «¿es lícito pagar impuestos al Cesar?» 

Con frecuencia se ha manipulado el texto de este evangelio para maniatar a la iglesia frente a su responsabilidad social. Tendrán toda la razón quienes busquen que la religión no se convierta en una manipulación, ni en una justificación de los poderes injustos. Por ningún motivo debe la religión, o sus instituciones y personas sostener un sistema político, ni legitimar sus acciones. Como tampoco un sistema político debe aprovecharse de la religión para obtener sus votos, sus justificaciones y su sustento.

La pregunta hecha a Jesús tiene sus significaciones graves porque no busca sinceramente qué es justo y cómo debe actuar un verdadero israelita, sino que pretende ponerlo en un aprieto. Si Jesús dice que sí estaría justificando el dominio injusto y arbitrario del Imperio Romano, pero si dice lo contrario se tomará a Jesús como un alborotador peligroso para el Imperio Romano.

La imagen del César, no solamente en la moneda, sino en la vida pública y privada, busca sustituir a Dios, se quiere hacer como Dios. Jesús lo que pide es que solamente a Dios se le dé el verdadero culto y el verdadero respeto. No pretende Jesús que sus discípulos se desentiendan de sus obligaciones como ciudadanos o miren con apatía las preocupaciones civiles.

Un cristiano tiene la obligación de mirar por el bienestar de toda la comunidad, asumir la responsabilidad de su voto, exigir que se cumplan las promesas de campaña y colaborar con el bien común. Sus rezos, sus oraciones y su espiritualidad de ningún modo lo exenta de esta responsabilidad, todo lo contrario, lo hacen más consciente y debe responder con mayor exigencia.

San Pedro este mismo día nos dice en su carta que debemos vivir esperando y apresurando la llegada del día del Señor. Es una espera dinámica y una confianza en que con el Señor construiremos ese cielo nuevo y esa tierra nueva. No esclavos del poder, sino servidores de su pueblo.

Lunes de la IX Semana Ordinaria

2 Pe 1, 2-7

Hoy y mañana, el Señor nos ilumina con la segunda carta de san Pedro, escrita a fines del siglo primero.  Muy probablemente no es de Pedro, el primero de la lista de los Doce, pero al ser recibida y transmitida por la Iglesia, es para nosotros Palabra de Dios vivificante.

Nos recuerda Pedro ya desde el saludo introductorio, el don maravilloso de la fe y de la salvación.  La misma vida divina comunicada por Nuestro Señor Jesucristo es la que se nos entrega.  El autor dice «justicia» pero sabemos lo que esto quiere decir en el lenguaje bíblico, esta santidad que Dios nos da, en nosotros se tiene que convertir en realidad muy práctica.  La vida es dinamismo, es acción, es pensar, conocer, reaccionar, comunicarse, actuar.  Por esto, el contraste que debe manifestarse día a día ente la «corrupción que las pasiones desordenadas provocan en el mundo» como dice el autor, y la serie de pasos que nos propone, que no son otra cosa que «participar de la naturaleza divina».  Sería bueno que, personalmente releyéramos y meditáramos la serie de pasos propuestos que desembocan  en la caridad, el amor de Dios en nosotros.

Mc 12, 1-12

Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos interrogan a Jesús sobre su autoridad por haber arrojado a los mercaderes del templo.  Jesús había eludido la respuesta pidiéndoles a su vez su juicio sobre el bautismo de Juan.  Ellos no respondieron.  Jesús dice entonces la parábola que escuchamos.

En la Escritura, el pueblo de Dios había sido comparado a una viña, objeto de los cuidados amorosos de su dueño.  En esta parábola el centro de atención no es tanto la viña, sino los viñadores, es decir los responsables.

Los jefes del pueblo de Israel, como lo escuchamos, entendieron que a ellos se aplicaba la parábola.

Nosotros también, si sólo la aplicamos a la situación histórica del rechazo y muerte de Cristo, cerramos el libro y nos quedamos tranquilos.

Pero la parábola también puede haber sido dicha por nosotros como comunidad, como personas.  ¿Cuál es nuestra reacción cuando Dios, por medio de alguien, un dirigente de la comunidad, un hermano, especialmente alguien que consideramos menor, nos pide frutos de la viña?

Recibamos la Palabra y con la fuerza vital del Sacramento, demos siempre frutos verdaderos de caridad.

Sábado de la VIII Semana Ordinaria

2 Tim 4, 1-8

Hemos oído parte de la conclusión de la segunda carta a Timoteo.

Nuestra lectura se inició con una formulación de solemnidad: «En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, te pido encarecidamente, por su advenimiento y por su Reino».  Escuchemos apropiándonoslas estas recomendaciones tan solemnemente proclamadas.  Es un evangelista, también a cada uno de nosotros que debemos ser propagandistas convencidos y convincentes del Evangelio.

«Anuncia la Palabra: insiste a tiempo y a destiempo, convence, reprende, exhorta».  Hasta aquí, y sacado de contexto, nos podría parecer que el apóstol recomienda una acción inoportuna, fanática, exaltada, pero dice: «con toda paciencia y sabiduría», es decir, al modo de Cristo.

Pablo echa una mirada a su propio recorrido, ve su situación actual, y mira esperanzado la conclusión de todo, o más bien, el inicio de algo nuevo: la vida con el Señor resucitado: «El Señor, el justo juez, me premiará en aquel día y no solamente a mí, sino a todos aquellos que esperan con amor su glorioso advenimiento».

Mc 12, 38-44

“Dar” es la acción del generoso. Dar una limosna, por ejemplo, en el campo material. Pero también dar de mi tiempo, compartir mis conocimientos con los demás o contagiar mi alegría con una sonrisa son manifestaciones de esta virtud.

Hay muchas maneras de “dar”, y muchas motivaciones para nuestra donación. ¿Se puede hablar de generosidad cuando lo hacemos por interés, esperando recibir algo a cambio? Tampoco es generoso quien da, pero sólo un poco de lo mucho que podría, como nos muestra el Evangelio. ¿Y qué decir de quien “es generoso” para que los demás digan: “qué bueno es…”?

Madre Teresa dijo (y vivió, por supuesto) que hay que “amar hasta que nos duela”. ¡Ya tenemos un buen termómetro para saber si somos realmente generosos! Si mi donación es costosa, voy por buen camino. Si no me exige sacrificio alguno, es seguro que puedo dar mucho más.

Y este “dar” se identifica con la generosidad cuando se hace pensando en el bien del otro, cuando se da por amor.

Viernes de la VIII Semana Ordinaria

1 Pe 4, 7-13

En la primera lectura se dice: “no os extrañéis de ese fuego abrasador que os pone a prueba”. Todo eso forma parte de la vida cristiana, es una bienaventuranza: Jesús fue perseguido a causa de su fidelidad al Padre. “Estad alegres cuando compartís los padecimientos de Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo”.

La persecución es como el aire del que vive el cristiano también hoy, porque hoy hay muchos mártires y perseguidos por amor a Cristo. En muchos países los cristianos no tienen derechos. Si llevas una cruz, vas a la cárcel, y hay gente en la cárcel; hay gente condenada a morir por ser cristianos hoy. Matan a la gente, y el número es más alto que los mártires de los primeros tiempos. ¡Más! Pero eso no es noticia, y por eso los telediarios, los periódicos no publican esas cosas. ¡Pero los cristianos son perseguidos!

Además, hoy hay otra persecución: a todo hombre y mujer por ser la imagen viva de Dios. Detrás de toda persecución, ya sea a cristianos o al hombre en general, está el diablo, está el demonio que intenta destruir la confesión de Cristo en los cristianos y la imagen de Dios en el hombre y en la mujer. Desde el comienzo ha procurado hacer eso –podemos leerlo en el Libro del Génesis–: destruir la armonía que el Señor creó entre hombre y mujer, esa armonía que deriva de ser imagen y semejanza de Dios. Y lo ha conseguido. Lo ha logrado con el engaño, la seducción…, con las armas que él utiliza. Siempre lo hace así. Pero también hoy hay una fuerza, yo diría una especie de rabia o de ira contra el hombre y la mujer, porque, de lo contrario, no se explicaría esta oleada creciente de destrucción al hombre y a la mujer, a todo lo humano.

Pienso en el hambre, una injusticia que destruye al hombre y a la mujer porque no tienen qué comer, aunque haya tanto alimento en el mundo. O en la explotación humana, esas diversas formas de esclavitud: hay un video, una grabación clandestina sobre una cárcel donde hay inmigrantes sometidos a torturas, a formas de destrucción para hacerlos esclavos. Y todo eso está pasando 70 años después de la declaración de los derechos humanos. Son las colonizaciones culturales, cuando los imperios obligan a aceptar disposiciones culturales contra la cultura de la gente, e imponen cosas que no son humanas para destruir, para la muerte. Lo que quiere el demonio es precisamente la destrucción de la dignidad. Finalmente, podemos pensar en las guerras como instrumento de destrucción de la gente, de la imagen de Dios. Y también en las personas que hacen las guerras, que planifican las guerras para dominar a los demás.

Hay gente que lleva adelante tantas industrias de armas para destruir a la humanidad, para destruir la imagen del hombre y de la mujer, ya sea física, moral o culturalmente. “Pero, padre, esos no son cristianos. ¿Cómo que perseguidos?” – “Sí, son imagen de Dios. Y por eso el demonio los persigue”. Y los imperios continúan las persecuciones hoy. No debemos permitirnos ser ingenuos. Hoy, en el mundo, no solo los cristianos son perseguidos; los humanos, el hombre y la mujer, porque el padre de toda persecución no tolera que sean imagen y semejanza de Dios. Y ataca y destruye esa imagen. No es fácil de entenderlo; hace falta mucha oración para comprenderlo. Que el Señor nos dé la gracia de luchar y restablecer, con la fuerza de Jesucristo, la imagen de Dios que está en todos nosotros.

Mc 11, 11-26

Como de ordinario, Marcos condensa en un breve pasaje diferentes enseñanzas y la actividad de Cristo ¿Cuál será la principal enseñanza del Evangelio en este día? Pasan rápido ante nuestra vista muchas imágenes, unas desconcertantes, todas llenas de simbolismo y nos queda en el corazón una pregunta: ¿Señor que me quieres decir con tu palabra en este día?

Importantísima es la referencia que hace a una higuera que está llena de hojas pero que no da frutos. ¿Me quieres decir que no importan las apariencias, sino lo que se lleva en el corazón?

Nosotros estamos más inclinados a buscar el éxito exterior, la alabanza, el aplauso y el Señor nos pide frutos. Esto debemos de entenderlo y nos debe de colocar en una postura incómoda porque no siempre damos frutos porque a veces estamos secos por dentro, porque nos buscamos mil pretextos para no dar frutos, y Jesús sigue pidiendo siempre frutos. Aunque cuesta comprender cómo puede Jesús pedir frutos a una higuera si no es tiempo de dar frutos. O quizás lo que nos quiere decir Jesús es que siempre debemos estar dando frutos, que para el verdadero discípulo no hay tiempo de esterilidad ni de descanso; que cuando el hambre apremia no hay excusas que justifiquen nuestra mezquindad.

Gran enseñanza no resulta también la Pasión del Señor, el celo del Señor por el templo. Jesús lo criticaba duramente cuando era utilizado como pretexto político o manipulación comercial, y por eso arroja el Señor fuera del templo a todos los comerciantes que abusaban de la fe. Pero después exige el Señor respeto, al no permitir que se transite descuidadamente por el templo: es casa de oración y sin embargo, dijo Jesús en una ocasión que una persona es más importante que las leyes, que el sábado y que el templo. Gran dignidad de la persona, gran dignidad de la presencia de Dios nuestro Padre. Por eso debemos respetar la presencia de Dios en el templo y descubrirlo en las iglesias, pero que también respetemos a Dios y lo descubramos en cada persona que es templo vivo de Dios Padre.

Y por fin la fe, ¿tengo fe como para poder cambiar montañas?, ¿tengo fe como para comprometerme en el seguimiento al Señor?, ¿tengo fe como para transformar la realidad y construir el Reino de Dios?

Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote

Mt 26, 36-42

Celebramos hoy en la Iglesia la fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Por una tradición que se pierde en el tiempo, el primer jueves después de Pentecostés se celebra en la Iglesia la función sacerdotal de Cristo, quien ofreciéndose a sí mismo se constituye en Sumo y Eterno Sacerdote.

Es verdad que Cristo nunca se proclamó a sí mismo como sacerdote, no tenía ningún título y no ejerció en el Templo de Jerusalén, pero también es verdad que todas las funciones del sacerdocio las realizó de una manera plena con su vida y con su palabra: Santificar, ofrecer sacrificio, purificar.

Es muy clara su función de santificar, que es la de todo sacerdote durante todo su ministerio, desde la unción en la sinagoga hasta la muerte en cruz, con los mensajes de paz que nos ofrece el resucitado. 

Jesús ofrece el sacrificio pleno de presentarse a sí mismo como víctima y sacerdote.  Establece la Alianza que une en comunión a los hombres con Dios y que realiza perfectamente la misión del sacerdote: ser puente entre los hombres y Dios, y establecer esa relación entre la humanidad y su Señor.

No son los sacrificios rituales que a menudo se ofrecían en el Templo y que terminaban perdiendo su sentido al convertirse en puros ritos sin interioridad.  Es la vida ofrecida en sacrificio.  Un sacrificio que otorga perdón, reconciliación y vida nueva.

Jesús en la última cena, aparece como el sacerdote de la Nueva Alianza, sellada con su sangre para la salvación de todos.

Hoy podemos contemplar, alabar y agradecer a Jesús por ser sacerdote.  Pero también es un día muy propicio para descubrir en cada uno de nosotros, cómo por el bautismo fuimos constituidos sacerdotes en unión con Jesús.

También nosotros tenemos la misión de llevar todas las cosas a su perfección y a su santidad; también nosotros debemos ofrecer el sacrificio de reconciliación y de vida.

Que este día, todos y cada uno de nosotros, recordemos esa misión a la que nos invita a participar Jesús: ser sacerdotes juntamente con Él, ofrecer nuestro sacrificio, santificar, unir y alabar.

Miércoles de la VIII Semana Ordinaria

1 Pe 1, 18-25

En este hermoso anuncio kerigmático sobre nuestra salvación, el apóstol nos invita a que nuestra vida cristiana no sea únicamente de carácter vertical, referida únicamente a Dios, sino que ésta se manifieste a los demás mediante la caridad.

Suele suceder que algunos hermanos en su búsqueda de Dios se olvidan de crecer en su relación con aquellos que viven y conviven a su alrededor.

Cuando la vida espiritual es auténtica, el don del Espíritu se desarrolla precisamente como caridad, por lo que de manera natural una persona que se va introduciendo en la vida del Espíritu será una persona que desarrolla un intenso amor por todos los hermanos.

De aquí la invitación del apóstol a buscar que este amor se manifieste y sea el signo plausible de nuestra relación con Dios. Busca en este día que tu amor sea manifiesto para aquellos con los que hoy vas a tratar.

Mc 10, 32-45

Una de nuestras tendencias naturales, es el buscar los primeros lugares y el aprovechar cualquier situación para que la gente nos rinda honores.

Sin embargo, la invitación de Jesús para sus seguidores es contraria a ésta: «El que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos».

El Evangelio de este día lo deberíamos de reflexionar todos, con un con un corazón abierto y con gran sinceridad, dispuestos ante el Señor.

Renunciar al privilegio de ser: papá, mamá, hermano mayor, jefe, gobernante, sacerdote, implica reconocer que no somos más que los demás, que los otros por pequeños o subordinados que sean, tienen también derechos, y sobre todo que es para ellos para quienes Dios nos ha dado esta responsabilidad y nos ha puesto es esa posición.

Los poderosos y los jefes de las naciones las gobiernan como si fueran dueños y las oprimen. Nunca fue esa la finalidad al constituir a alguien como el conductor de un pueblo, pero siempre ha habido quien se apunte no para servir, si no para servirse del puesto.

Jesús propone que quien quiera ser grande sea el servidor y se coloque él mismo como ejemplo de servicio, entrega y de donación.

Los discípulos peleaban entre ellos por ver quién era el primero. Jesús propone que mejor se vea quién sirve mejor. Gran enseñanza para todos y cada uno de nosotros, pero muy en especial para quienes aspiran a ser un servidor público.

Si entendemos con el corazón lo que Jesús nos ha dicho hoy y lo ponemos en práctica, no tardará en brillar en nosotros el fruto de la humildad, la cual, siempre viene acompañada de paz y dulzura.

Martes de la VIII Semana Ordinaria

1 Ped 1, 10-16

En la Primera Lectura, San Pedro nos invita a caminar hacia la santidad: “El que os llamó es santo; como él, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque dice la Escritura: «Seréis santos, porque yo soy santo»”. Es la llamada a la santidad, que es la llamada normal, la llamada a vivir como cristiano. Es decir, que vivir como cristiano es lo mismo que decir “vivir como santo”. Muchas veces pensamos en la santidad como algo extraordinario, como tener visiones y oraciones elevadísimas, y otros piensan que ser santo significa tener cara de estampita. ¡No! Ser santos es otra cosa. Es caminar en santidad. ¿Y qué es caminar en santidad? Pedro lo dice: “estad interiormente preparados para la acción, controlándoos bien, a la expectativa del don que os va a traer la revelación de Jesucristo”. Caminar en santidad consiste en caminar hacia la gracia que viene a nuestro encuentro, a la expectativa del don, en tensión hacia el encuentro con Jesucristo. Es como cuando se camina hacia la luz: a veces no se ve bien el camino porque la luz nos deslumbra. Pero no nos equivocamos porque vemos la luz y sabemos el camino. En cambio, cuando se camina con la luz a la espalda, se ve bien la senda: pero, en realidad, ante nosotros hay sombra, no luz.

Para caminar hacia la santidad, además, es necesario ser libres y sentirse libres. Porque hay tantas cosas que esclavizan. Pedro dice: “no os amoldéis más a los deseos que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia”. También Pablo en la Primera Carta a los Romanos dice: “no os conforméis”, que significa no caer en los esquemas. Esa es la traducción correcta de este consejo –no entrar en los esquemas del mundo, no caer en el modo de pensar mundano, en el modo de pensar y de juzgar que te ofrece el mundo, porque eso te quita la libertad. Y para ir a la santidad, hay que ser libres: con la libertad de ir mirando la luz, de ir avanzando. Y cuando volvemos, como dice aquí, al modo de vivir que teníamos antes del encuentro con Jesucristo, o cuando volvemos a los esquemas del mundo, perdemos la libertad.

En el Libro del Éxodo se ve que muchas veces el pueblo de Dios no quiso mirar adelante, a la salvación, sino volver atrás. Se quejaban y recordaban la buena vida que llevaban en Egipto, donde comían cebollas y carne. En los momentos de dificultad, el pueblo vuelve atrás, pierde la libertad: es verdad que comían cosas buenas, ¡pero en la mesa de la esclavitud! En los momentos de la prueba, siempre tenemos la tentación de mirar atrás, de mirar los esquemas del mundo, a los esquemas que teníamos antes de empezar el camino de la salvación: sin libertad. Y sin libertad no se puede ser santos. La libertad es la condición para poder caminar mirando la luz. No caer en los esquemas de la mundanidad: caminar adelante, mirando la luz que es la promesa, con esperanza; esa es la promesa, como el pueblo de Dios en el desierto: cuando miraban adelante iban bien; cuando les venía la nostalgia, porque no podían comer las cosas buenas que les daban allí, se equivocaban y olvidaban que allí no tenían libertad.

El Señor llama a la santidad de todos los días. Y hay dos parámetros para saber si estamos en camino hacia la santidad: primero si miramos la luz del Señor con la esperanza de encontrarlo y, luego si, cuando vienen las pruebas, miramos adelante y no perdemos la libertad refugiándonos en los esquemas mundanos, que te prometen todo y no te dan nada.

“Seréis santos, porque yo soy santo”: es el mandato del Señor. Por eso, pidamos la gracia de entender bien qué es el camino de la santidad: camino de libertad, pero en tensión de esperanza hacia el encuentro con Jesús. Y también a entender bien qué es caer en los esquemas mundanos que todos teníamos antes del encuentro con Jesús.

Mc 10, 28-31

Este pasaje, usado de manera ordinaria por la pastoral vocacional referido a dejar casa y familia por seguir al Señor, pude tener un significado más profundo para todos nosotros.

También entre los discípulos se da ese fuerte contraste que tanto duele y desconcierta en las relaciones humanas. ¿No es cierto que duele cuando un amigo, o una persona cercana, después de compartir, de sufrir juntos, te sale con y qué me das por ser tu amigo? ¿Que gano yo con haberte querido? Sí el día de ayer no sorprendía ya un joven muy sano y que parecía dispuesto firmemente a seguir a Jesús y que se fuera entristecido porque tenía muchos bienes y no se atreviera escuchar la propuesta de Jesús, hoy nos sorprende más la actitud de los discípulos que parecían tan dispuestos, tan generosos y tan comprometidos, se atreven a preguntar a Jesús cuál será su recompensa.

¿No era ya bastante recompensa compartir todos los momentos con el Señor? ¿No valía la pena dejar todo por experimentar esa amistad incondicional? Sin embargo, el corazón se apega con facilidad a las cosas materiales y busca sacar provecho de todos los acontecimientos.

Me imagino qué dolor produciría en el corazón de Jesús esa pregunta. Sin embargo, no hace escándalos ni reproches, ofrece una multiplicación de lo que se ha dejado. No se limitan ya sus discípulos a un círculo donde son hermanos solo los de la sangre, sino que ahora se abre a una fraternidad universal donde participarán todos los hombres y mujeres. No han perdido a un hermano sino que han ganado cientos de ellos al vivir plenamente el mensaje que trae Jesús. No tienen solo ya un padre o una madre o unos hermanos brotados de los vínculos carnales, todos ahora somos hermanos, todos somos hijos de un mismo Padre. Esa es la propuesta grande, magnífica que nos hace Jesús: Que todos vivamos como hijos del Padre Celestial. En lugar de perder se gana una gran familia.

Ciertamente, esto, traerá sus problemas y dificultades, porque el luchar por esta familia universal ocasiona conflictos. El ser de todos trae nuevos compromisos y el construir un mundo justo donde todos seamos hermanos ocasiona persecuciones y descalificaciones.

Jesús promete una vida eterna en el otro mundo no como evasión de los compromisos actuales y concretos en las situaciones en las que nos movemos, sino como una meta que se inicia desde ahora y que llega a su plenitud en la Casa del Padre.

Si no construimos ahora no podemos tener la esperanza de alcanzar plenitud. El cielo se construye desde la Tierra.