Jueves de la III Semana de Cuaresma

Jer 7, 23-28

El reproche y lamentación de Dios no sólo fue para el pueblo de Israel sino para todos aquellos que todavía hoy continúan cerrando su corazón a su amor y a sus enseñanzas.

Dios continua mostrándonos su amor e invitándonos a vivir en comunión con Él, a tenerlo verdaderamente como Dios, y no como un ídolo inerte. Lo hace y ha hecho a través de los sacerdotes, de nuestros padres, de muchos de nuestros amigos.

Pensemos por un momento ¿cuál ha sido nuestra respuesta a este amor ilimitado e infatigable de Dios por nosotros? Aprovecha este tiempo para volverte al Señor, para responder con más generosidad a sus mandamientos, para crecer en el amor a tus hermanos, para ser más de Él.

Lc 11, 14-23

“Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina”. Primeramente mucha unidad. Debemos estar unidos a Él en todo momento por la oración. Nosotros sabemos lo débiles que somos y cómo ante el primer asalto del demonio sucumbimos si no estamos con Él. Por ello es conveniente elevar nuestro pensamiento a Dios continuamente al inicio del trabajo, del estudio, del descanso y demás actividades preguntándole cuál es la estrategia: ¿Cómo quieres que realice esta labor para el mayor bien de la empresa y de mí mismo? ¿Cómo puedo descansar mejor y hacer descansar mejor a los demás? ¿Cómo lo harías tú?

“Si llega uno más fuerte que él, lo vencerá” La segunda consigna es tener valor. Si le tenemos a Él qué podemos temer. Con la seguridad de que Él va delante de nosotros debemos seguir las consignas que nos dé el gran estratega, el Espíritu Santo: momentos de oración, hablar bien del otro, defender la fe aún entre los amigos, huir de todo aquello que pueda arrebatarnos la amistad con Dios… ¡Con estas consignas y con tal líder seguramente venceremos!

La manifestación definitiva de la victoria del Reino y de Jesús es el hecho de que el demonio no tiene ya poder sobre el mundo y la humanidad. Sin embargo esto no ocurrirá totalmente sino hasta el final de los tiempos, cuando, como dice san Pablo, todo, incluyendo la muerte, será puesto bajo los pies de Jesús.

Mientras tanto nos acogemos al poder salvífico de Jesús que obra en la medida que «estamos con Él», en la medida en que nos necesitamos necesitados. Sabemos que de manera ordinaria el demonio solo opera a nivel de la tentación. Jesús es quien tiene el poder para ayudarnos a vencer nuestras tentaciones, por eso el tiempo de la cuaresma es un tiempo privilegiado para crecer en nuestra relación con Dios mediante la oración. En la medida en que somos más cercanos, que «estamos» más con Jesús, el demonio tiene menos oportunidad de destruirnos. Aprovechemos nuestra cuaresma incrementando el tiempo que dedicamos a nuestra oración personal.