
Hech 5, 34-42
Este pasaje nos permite destacar elementos importantes para nuestra vida.
La tesis que continuamente presenta Lucas en su libro, es el hecho de que el proyecto de Dios, la extensión del Reino, se realiza a pesar de todos los obstáculos humanos que se van presentando.
Contemplar a Cristo resucitado, debería de producir en nosotros los mismos efectos que en los primeros discípulos y llevarnos a compromisos serios cómo hace Jesús.
Es cierto que las persecuciones de ahora nada tienen que ver con la de los primeros tiempos, pero también es cierto que quién vive el Evangelio también se tiene que enfrentar a la oposición y a dificultades que llevan a muchos a desertar y a disminuir su opción por el Evangelio.
El libro de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a los apóstoles firmes, anunciando a Cristo vivo, felices de haber sufrido azotes por su causa y renovando su actitud de llenar todos los espacios del Resucitado. Los azotes, las burlas y amenazas no les importan. Todos los días enseñaban sin descanso y anunciaban el Evangelio de Cristo Jesús, tanto en el templo, como en las casas. Hombres decididos, sin miedo o acuerdos.
Me temo que nosotros muchas veces hemos hecho del Evangelio un tema dulzón, sin compromiso, con acomodos y arreglos a nuestros gustos y a nuestras conveniencias.
Está Pascua es tiempo oportuno para renovar nuestro ardor y nuestros deseos de vivir el Evangelio a plenitud, sin importar las dificultades o las burlas, pues sabemos que lo que nos ha dejado Jesús no es de origen humano que pueda terminarse por sí mismo, sino obra de Dios que debe brotar de nuestro corazón.
Los discípulos nunca vivieron de forma disimulada, estaban convencidos de que seguir a Jesús implica toda la vida y actuar como el Maestro actuó.
Si hoy lo contemplamos, en el Evangelio, luchando contra el hambre de sus oyentes, organizando y planificando la participación de los que llevaban poca cosa, asumiendo como suyas las necesidades de los demás, debe ser para nosotros el ejemplo a seguir en nuestra vida diaria. No podemos olvidarnos de los demás diciendo que seguimos a Jesús. Seguir a Jesús implica un compromiso serio en toda nuestra vida.
Jn 6,1-15
Jesús se conmovió al ver a la multitud que estaba extenuada y hambrienta, salió a su encuentro para socorrerla. No solamente se preocupó de los que le seguían, sino que deseaba que sus discípulos se comprometieran en auxiliar al pueblo, mandándoles: «denles ustedes de comer».
La bendición de Jesús sobre los cinco panes y los dos peces anuncia de antemano la eucaristía de la que el cristiano se alimenta y de la que saca fuerzas para la vida.
La eucaristía nos va transformando en cuerpo de cristo y en alimento para nuestros hermanos. Jesús desea que su alimento llegue a todos y que sus discípulos, que somos nosotros, sean los que lo entreguen a los demás.
Jesús nos ha enseñado el camino a seguir y nos manda que seamos nosotros quienes lo llevemos a los demás, a ÉL, que es alimento que sacia y da vida, crea unidad y comunión.

