Sábado de la V Semana Ordinaria

Mc 8, 1-10

El evangelio nos presenta dos multiplicaciones de los panes.  La primera en territorio judío y para judíos; la segunda en territorio pagano y para gente que no es del pueblo de Dios.

Esta gente viene “de lejos”; “llevan tres días conmigo”, dice el Señor.

Los gestos son los mismos: tomar los panes, pronunciar la acción de gracias, partir y repartir.  Son las mismas acciones de Cristo en la última Cena, que seguimos reproduciendo en cada Eucaristía siguiendo el mandato: “Hagan esto…”

En la primera multiplicación prevalecía el número 12, es la “multiplicación para los judíos” y hace referencia a las doce tribus, a los doce apóstoles.  Hoy prevalece el número 7, siete son los panes, siete los canastos de sobras, como siete serán también los primeros ministros dedicados a los cristianos de origen griego.  Es la “multiplicación para los griegos”.  Siete además es la plenitud, la perfección.

Viernes de la V Semana Ordinaria

1 Rey 11, 29-32. 12, 19

La infidelidad siempre tiene consecuencias negativas en la vida del hombre. Cuando, seducidos por el pecado, olvidamos nuestra alianza bautismal y nos enrolamos en la vida mundana, nuestra vida se divide de la misma manera que se dividió el reino de Israel, y como producto de esta división se pierde la paz y la armonía interior, lo que tarde o temprano terminará por extinguir en nosotros la felicidad.

Y es que, como diría Jesús, no podemos servir a dos amos pues con alguno de ellos se quedará mal. En una vida dividida no se puede ser feliz. Sin embargo, a pesar de nuestra infidelidad Dios no cancela el compromiso de amor que hizo con nosotros el día de nuestro bautismo y continua manifestándose lleno de misericordia para conducirnos de nuevo a Él.

Y así, de la misma manera que dejó una tribu a la casa de David, así también el Señor con su gracia, que nunca se extingue en nosotros, nos mueve a la conversión.

Si piensas que tu vida está lejos de Dios, recuerda que dentro de ti está la llama de su Espíritu que te invita hoy mismo a regresar a su amor mediante un acto de fe; si en tu vida se ha manifestado la infidelidad a Dios o a tus seres queridos, déjate llevar por el amor inextinguible de Dios y con humildad regresa al amor y a la fidelidad.

Mc 7, 31-37

Este pasaje nos muestra de manera indirecta los dos elementos fundamentales de la construcción del Reino: oír y hablar.

¿Has experimentado algún día esa sensación de llegar hasta los extremos y querer taparte los oídos para no escuchar nada más?  ¿Te has sentido decepcionado y has prometido no abrir la boca pues todo parece inútil?

Es curioso que en la época de las grandes comunicaciones, de los medios extraordinarios para hablar, para escuchar y ver al otro, tengamos que admitir que nos estamos quedando sordos y mudos.

La soledad es una de las enfermedades más actuales, la incomunicación es uno de los problemas que más nos hacen sufrir.  Estamos sordos, mudos y lo más triste es que no percibimos estos problemas.  Entonces se agrava mucho más la enfermedad porque nos aspiramos a tener curación.

Hoy, tendríamos que acercarnos a Jesús y pedirle que meta sus dedos en lo profundo de nuestros oídos para que se abran y sean capaces de escuchar el grito doloroso de sus hermanos.  Que podamos percibir los silencios resentidos de nuestros familiares y las protestas angustiosas de nuestros cercanos.

Hemos perdido la capacidad de escuchar lo que sale del corazón del otro, preferimos estar atentos a las noticias intrascendentes, al estado del tiempo, a las novedades de la política o de los deportes, pero no tenemos tiempo de escucharnos en familia, de percibir los latidos del corazón adolorido de quien llega hasta nosotros del clamor de quienes viven en la miseria.

Por eso hay que pedirle a Jesús que meta su dedo profundo muy adentro de nuestros oídos para que se abran, para que se limpien, para que se purifiquen y sean capaces de escuchar la palabra de Jesús y las palabras de nuestros hermanos.

También tenemos necesidad de hablar, no de superficialidades, sino de lo que es verdaderamente importante.  Necesitamos proclamar la palabra de Jesús.  Es urgente que alcemos nuestra voz por los que están sufriendo.  Es necesario que nuestras palabras abran un diálogo con los cercanos, con los tímidos, con los que se esconden.

La saliva de Jesús es señal de su Espíritu y nosotros necesitamos el Espíritu del Señor para hablar, para romper hielos, para abrir caminos de reconciliación, para denunciar injusticias.

Que el Señor Jesús toque con su saliva nuestra lengua endurecida y encallecida por tanto silencio.  Que el Señor abra nuestros oídos, abra nuestra boca y abra sobre todo nuestro corazón para anunciar a nuestros compañeros y vecinos, la buena noticia del Evangelio.

Jueves de la V Semana Ordinaria

1 Re 11, 4-13

La primera lectura nos habla de Salomón y de su desobediencia, lo que nos sugiere que debemos vigilar todos los días para no acabar alejados del Señor. Es un riesgo al que todos estamos expuestos, el debilitamiento del corazón.

David es santo, aunque fue pecador. El grande y sabio Salomón, en cambio, es rechazado por el Señor porque se ha corrompido. ¡Una aparente paradoja! Hemos leído algo un poco raro: el corazón de Salomón “ya no perteneció por entero al Señor como el corazón de David, su padre”. Y es raro porque de Salomón no sabemos que haya cometido grandes pecados, y siempre fue equilibrado, mientras de David sabemos que tuvo una vida difícil, y que fue un pecador. Sin embargo, David es santo y de Salomón se dice que su corazón se había “desviado del Señor”. El mismo que había sido alabado por el Señor cuando le pidió prudencia para gobernar, en vez de riquezas.

¿Cómo se explica esto? Pues porque David, cuando sabe que ha pecado, siempre pide perdón, mientras que Salomón, de quien todo el mundo hablaba bien, que hasta la reina de Saba quiso ir a conocerlo, se había alejado del Señor para seguir otros dioses, pero no se daba cuenta. Y aquí está el problema de la debilidad del corazón. Cuando el corazón comienza a debilitarse, no es como una situación de pecado: si cometes un pecado, te das cuenta enseguida: “He hecho este pecado”, está claro. El debilitamiento del corazón es un camino lento, por el que voy resbalando poco a poco, poco a poco, poco a poco… Y Salomón, apoltronado en su gloria, en su fama, comenzó a seguir ese camino.

Paradójicamente, es mejor la claridad de un pecado que la debilidad del corazón. El gran rey Salomón acabó corrompido: “tranquilamente corrompido”, porque su corazón se había debilitado. Y un hombre o una mujer con el corazón débil o debilitado, es una mujer o un hombre derrotado. Ese es el proceso de tantos cristianos, de muchos de nosotros. “No, yo no cometo pecados gordos”. Pero, ¿cómo está tu corazón? ¿Es fuerte? ¿Sigues fiel al Señor, o te resbalas lentamente?

El drama del debilitamiento del corazón puede sucederle a cualquiera de nosotros en su vida. ¿Y qué hacer entonces? Vigilancia. Vigila tu corazón. Vigilar. Todos los días estar atento a lo que pasa en ti corazón. David es santo. Era pecador. Un pecador puede ser santo. Salomón fue rechazado porque era corrupto. Un corrupto no puede ser santo. Y a la corrupción se llega por esa senda del debilitamiento del corazón. Vigilancia. Todos los días vigilar el corazón: cómo es mi corazón, el trato con el Señor… Y saborear la belleza y la alegría de la fidelidad.

Mc 7, 24-30

Este es un pasaje que todavía, actualmente, nos produce muchos conflictos interiores, nos desconcierta el actuar de Jesús.  Por una parte se lanza abiertamente a nuevos horizontes y desafía a sus paisanos al ir más allá de las fronteras.  Se ha puesto en riesgo porque se encuentra en tierra de paganos, pero parecería que está como de incógnito y preferiría que nadie se dé cuenta.  Cuando es descubierto por una mujer sirofenicia, parece arrepentirse de haber ido más allá de las fronteras y pretende negarse a la curación de aquella niña.

Es una madre desesperada, y una madre que frente a la salud de su hijo, hace de todo. Jesús le explica que ha venido primero para las ovejas de la casa de Israel, pero se lo explica con un lenguaje duro: «Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros».

Jesús compara la mujer con un perrito (cosa en el lenguaje de los judíos de corte usual en el trato con los no judíos a quienes llamaban “Goyim” que significa perro o apartado de Dios); la mujer, en lugar de sentirse ofendida, reconoce lo que es, no se quiere poner por encima de lo que le está diciendo Jesús

La insistencia de una madre rompe las barreras, el hambre y el dolor de un pueblo pueden construir nuevos mundos posibles.  Y aquella mujer rompe el dicho popular que en pretendiendo dar prioridad a la familia negaba el alimento no sólo a los perritos, sino a todos los extranjeros que no eran tenidos como familia.  Y no es que Jesús pretenda que haya personas que vivan debajo de la mesa, a escondidas o como si fueran hijos de Dios de segunda clase.

Las palabras de aquella mujer nos descubren que es una nueva sabiduría del hombre que es consciente que el pan alcanza para todos y que Dios no hace distinción de personas.

Difícil sería para la primera comunidad cristiana romper esos esquemas y abrir el corazón y el alimento a aquellos que no podían mirar como hermanos.

Jesús, con la ayuda, la palabra y la fe de aquella mujer nos enseña que no hay hermanos que valgan menos, que su misión se abre a todo el universo y para todas las personas.

Difícil es ahora para nosotros sentarnos a la mesa reunidos como hermanos.  Discriminamos a los hermanos, les negamos los derechos y pretendemos dejarlos debajo de la mesa, esperando las sobras. 

Jesús rescata y dignifica.  La fe de una extranjera se convierte en ejemplo para los que se creían poseedores exclusivos de Dios y añade un lugar en la mesa para los discriminados, para los olvidados, para los extranjeros.

El pan compartido hermana a todos y podemos todos juntos sentarnos a la mesa del Reino.

Miércoles de la V Semana Ordinaria

1 Re 10, 1-10

En este colorido pasaje podemos ver lo importante que es para la conversión el que la obra de Dios sea evidente en nosotros. Salomón no podría decir que lo que tiene le pertenece, pues él sabe bien que todo ha sido un don de Dios, desde su sabiduría hasta el lujo de sus palacios. Es en estos dones del Señor que la Reina descubre la presencia del Dios Altísimo.

De igual manera sucede con nosotros, todo cuanto el Señor nos ha dado, no solamente busca nuestro bienestar, sino que es el signo de la presencia de Dios en nuestra vida. Y no debemos entender únicamente los bienes materiales, los cuales son transitorios, sino principalmente los espirituales.

Podemos decir que la reina de Sabá creyó en Dios cuando vio la vida de Salomón; de igual manera, debe ocurrir en nuestros días: cuando nuestros amigos y vecinos, cuando todos los que tienen contacto con nosotros, se dan cuenta de nuestro estilo de vida centrado en Cristo, y de todas sus bendiciones, la paz, la alegría y el amor que de ello emana, inmediatamente surgirá en ellos la admiración y seguramente el deseo de tener y vivir lo mismo que nosotros. Por ello esfuérzate en vivir cristianamente y en dejar que Dios se transparente en toda tu vida.

Mc 7, 14-23

Jesús continúa insistiendo en lo que es verdaderamente importante para la vida del hombre. Lo exterior es importante, pero lo es más el interior.

Cristo también pone en tela de juicio el «ojo», que es el símbolo de la intención del corazón y que se refleja en el cuerpo: un corazón lleno de amor vuelve el cuerpo brillante, un corazón malo lo hace oscuro.

Del contraste luz-oscuridad, depende nuestro juicio sobre las cosas, como también lo demuestra el hecho de que un corazón de piedra, pegado a un tesoro de la tierra, a un tesoro egoísta que puede también convertirse en un tesoro del odio, vienen las guerras…

Cuando Jesús está describiendo las manchas del corazón, está describiendo también las manchas del corazón moderno.  Entonces podríamos decir que el corazón del hombre está enfermo, y cómo esa enfermedad silenciosa, también puede traer la muerte definitiva al hombre.

¿Qué está manchando mi corazón?  ¿Me doy cuenta de ellos? ¿Qué estoy haciendo para tener una buena salud del corazón y del espíritu?

Dejemos que Jesús mire nuestro interior y descubra que está manchado y qué debe curar.  Arriesguémonos y pongámonos en sus manos porque todos estos pedazos del corazón que están hechos de piedra, el Señor los hace humanos, con aquella inquietud, con aquella ansia buena de ir hacia adelante, buscándolo a Él dejándose buscar por Él.

Que el Señor nos cambie el corazón. Y así nos salvará. Nos protegerá de los tesoros que no nos ayuden en el encuentro con Él, en el servicio a los demás, y también nos dará la luz para ver y juzgar de acuerdo con el verdadero tesoro: su verdad.

Que el Señor nos cambie el corazón para buscar el verdadero tesoro y así convertirnos en personas luminosas y no ser personas de las tinieblas.

Martes de la V Semana Ordinaria

1 Reyes 8, 22-23; 27-30

Esta hermosa oración pronunciada por Salomón en la fiesta de la dedicación del templo, expresa con toda claridad y profundidad lo que Dios piensa sobre su templo.

El templo, será ante todo un lugar de oración y de encuentro con Dios. Es por ello triste que muchas veces vengamos al templo únicamente los domingos y solo por rutina, llenos de tedio y fastidio. Más aun, es lamentable la actitud de muchos hermanos que traen a sus hijos y no los instruyen sobre la realidad del lugar sagrado en el que están dejándolos correr y gritar, subirse a las bancas y retozar en él como si se encontraran en el parque.

En el templo debemos encontrar ordinariamente el silencio y la paz que propician la oración y dentro de nuestras asambleas, el espacio para la alabanza y la comunión. Las imágenes y demás adornos, nos invitan a contemplar las realidades celestiales infundiendo en el cristiano santos sentimientos de devoción y recogimiento.

Debemos pues, recobrar el amor por la casa del Señor, de manera que nuestros hijos y las futuras generaciones vuelvan a encontrar en él, el espacio ideal para la oración y para la comunión con Dios. Esfuérzate en todo lo que esté de tu parte para que la casa de Dios sea un santuario de paz.

Mc 7, 1-13

Este pasaje contiene diferentes enseñanzas de las cuales podríamos hoy hacer una buena reflexión, sin embrago el texto se centra en la unidad que debe haber entre fe y vida. Los fariseos adoptan una postura que a la vista de los demás aparenta fidelidad y cumplimiento a la ley, pero en realidad su corazón está lejos de Dios.

Cuántas cosas hacemos sólo para salir del paso, cuantos ritos, costumbres y ceremonias se van quedando huecas y sin sentido.

Jesús desmonta el teatro de los escribas y fariseos que pretenden presentar el rostro de un Dios duro, justiciero y vengador, a quien hay que aplacar con sacrificios y purificaciones, pero que en el fondo, aprovechan esta imagen para enorgullecerse y beneficiarse, dejando de lado lo importante.

No, el Dios de Jesús no es el Dios del castigo ni de la compraventa, el Dios de Jesús no es el Dios del comercio y la conveniencia, el Dios de Jesús es el Dios del amor, de la integridad, de la vida, es el Dios Papá amoroso de todos los hombres y mujeres que mira el corazón y no se queda en la superficialidades de la piel o de las impurezas exteriores.

Al Dios de Jesús, no lo podemos calmar o comprar con nuestros regalos o sacrificios, a Él no podemos engañarlo con perfumen o máscaras.  Él prefiere los corazones sinceros y limpios.  Nosotros estamos acostumbrados a vivir de exterioridades y nos preocupa mucho la apariencia de las cosas.

Es fácil honrar a Dios con la boca, es hasta cierto punto fácil aparentar que seguimos sus caminos, pero hoy nos manifiesta Jesús que no le preocupa tanto las leyes y los preceptos sino que es más importante la persona.

Es triste comprobar que actualmente se manipulan las leyes que condena a inocentes; las cárceles están llenas, a veces, no de culpables sino de quien no ha sabido defenderse. La ley no defiende a la persona o se la manipula para los propios beneficios.

Hoy Jesús nos invita a que descubramos el profundo sentido de una única ley que nos puede acercar a nuestro Dios: la Ley del amor.  Que dejemos a un lado los preceptos humanos y podamos descubrir qué es lo que Jesús espera de nosotros y podamos mirar este nuevo rostro de un Padre amoroso.

Pidamos hoy que el Señor nos conceda la limpieza, concédenos la honradez, concédenos la paz.

Lunes de la V Semana Ordinaria

1 Reyes 8, 1-7; 9-13

Ciertamente que Dios habita en todo lugar, pues como dice san Pablo: «en él somos, nos movemos y existimos», más aun, debemos reconocer que el lugar por excelencia en donde podemos encontrar al Señor es en nuestro corazón, pues desde nuestro bautismo en él ha establecido su morada y lo a declarado como templo. Sin embargo, no debemos olvidar que Dios mismo ha querido ser adorado y glorificado en un Templo material.

Por ello, no solamente en el cristianismo sino en todas las culturas, el hombre ha construido templos que sirvan como mediación para relacionarse con él por medio del culto. En este pasaje, nos podemos dar cuenta de lo importante que ha sido para los Judíos el reconocer que Dios habita su templo, por lo que como dirá Jesús, «la casa de mi Padre es casa de Oración». Es por eso que para nosotros los cristianos el Templo tiene también un lugar especial, pues en él no solo nos reunimos como asamblea para dar culto a Dios, sino que él mismo nos presenta el ambiente ideal para que el encuentro con Dios en el corazón se realice en plenitud.

Es por ello, que Jesús quiso quedarse entre nosotros bajo la apariencia de pan, de modo que lo podamos visitar en cada sagrario, en cada templo. No desaproveches hoy la oportunidad, Dios te espera en el Sagrario de tu parroquia.

Mc 6, 53-56

Con este breve pasaje termina san Marcos este polémico capítulo de la actividad apostólica de Jesús. Es importante notar en él, que Jesús cura a todos los que se acercan a Él.

Y lo hace no como una recompensa por haber escuchado el evangelio, o como pago a alguna buena acción. Con ello nos muestra la gratuidad de Dios, su amor infinito por todos, del Dios misericordioso que hace nacer el sol sobre buenos y malos.

Los milagros de Dios no son propiedad exclusiva que se ha de realizar en los cristianos, ni siquiera en los buenos. Son ante todo un signo del amor incontenible de Dios que busca que su criatura lo reconozca como la fuente del amor y de la misericordia.

En Jesús, son el signo de su ser mesiánico que ha venido a liberar a los oprimidos y dar alegría a toda la humanidad incluso de manera inmediata. Acerquémonos con confianza al Dios de la misericordia. Nadie que se acercó a él regresó con las manos vacías: ni paganos, no judíos, ni justos ni pecadores, ni buenos, ni malos. El amor de Dios es para todos porque quiere que todos sean para el amor.

Sábado de la IV Semana Ordinaria

Marcos 6, 30-34

Sobre el Evangelio de hoy, Dios visita a su pueblo, en medio de su pueblo, y acercándose. Cercanía. Es la modalidad de Dios. Y después hay una expresión que se repite en la Biblia, tantas veces: «El Señor tuvo gran compasión».

La misma compasión que tenía, dice el Evangelio, cuando vio a tanta gente como ovejas sin pastor. Cuando Dios visita a su pueblo, está cerca de él, se acerca a él y siente compasión: se conmueve.

El Señor se siente profundamente conmovido, como lo estuvo ante la tumba de Lázaro. Como se conmovió aquel Padre cuando vio volver a casa a su hijo pródigo: Cercanía y compasión: así el Señor visita a su pueblo.

Y cuando nosotros queremos anunciar el Evangelio de hoy, llevar adelante la Palabra de Jesús, éste es el camino.

El otro camino es el de los maestros, el de los predicadores de aquel tiempo: los doctores de la ley, los escribas, los fariseos… Alejados del pueblo, hablaban… bien: hablaban bien. Enseñaban la ley, bien. Pero alejados.

Y ésta no era una visita del Señor: era otra cosa. El pueblo no sentía esto como una gracia, porque faltaba la cercanía, faltaba la compasión, es decir, padecer con el pueblo.

Cuando Dios visita a su pueblo, devuelve la esperanza al pueblo. Siempre. Se puede predicar la Palabra de Dios brillantemente: en la historia hubo tantos buenos predicadores. Pero si estos predicadores no fueron capaces de sembrar esperanza, esa prédica no sirve. Es vanidad.

Debemos pedir como gracia que nuestro testimonio de cristianos sea portador de la visita de Dios a su pueblo, es decir, de la cercanía que siembra la esperanza.

Viernes de la IV Semana Ordinaria

Eclo 47, 12-13

Este corto pasaje de uno de los libros de la sabiduría de Israel, pondera lo valioso que es el permanecer en la presencia del Señor y buscar con todo el corazón, agradarlo y hacer su voluntad. No obstante que David pecó, Dios derrotó a sus enemigos y consolidó su trono.

Que importante es, pues, el que busquemos con todo nuestro corazón agradar a Dios durante toda nuestra vida, pues solamente Él es quien puede librarnos de nuestro egoísmo y de todo aquello que pudiera evitar el que seamos plenamente felices.

Este pasaje nos muestra como David, reconocía que todo cuento acaecía en su vida, tenía como origen a Dios y por eso lo honraba con todo su ser. Tu también, ve descubriendo que tanto en tus éxitos como en tus trabajos, Dios está en medio de ellos; que todo cuanto tienes procede de su mano generosa, y de esta manera vete convirtiendo en parte de este grupo de adoradores que glorifica y bendice a Dios por su infinita bondad y misericordia para con el pobre ser humano. Da gloria a Dios en tu vida, y Él consolidará tus proyectos, tu familia y en todo cuanto emprendas verás resplandecer la gloria de Dios.

Marcos 6, 14-29

Al leer el Evangelio de hoy vemos que Juan Bautista fue enviado por Dios para señalar el senda, el camino de Jesús. El último de los profetas tuvo la gracia de poder decir: “Este es el Mesías”. La labor de Juan Bautista no fue tan predicar que Jesús venía y preparar al pueblo, sino dar testimonio de Jesucristo y darlo con su propia vida. Y dar testimonio de la senda elegida por Dios para nuestra salvación: la senda de la humillación. Pablo la expresa tan claramente en su Carta a los Filipenses: “Jesús se anonadó a sí mismo hasta la muerte, y muerte de cruz” (cfr. Flp 2,8). Y esa muerte de cruz, esa senda de anonadamiento, de humillación, es también nuestra senda, la senda que Dios muestra a los cristianos para seguir adelante.

 Tanto Juan como Jesús tuvieron la tentación de la vanidad, de la soberbia: Jesús en el desierto con el diablo, después del ayuno; Juan ante los doctores de la ley que le preguntaban si era el Mesías: habría podido responder que era su ministro, pero se humilló a sí mismo. Ambos tenían autoridad ante el pueblo, su predicación era respetada. Y ambos tuvieron momentos de decaimiento, una especie de depresión humana y espiritual: Jesús en el Huerto de los olivos y Juan en la cárcel, tentado por el gusano de la duda de si Jesús era de verdad el Mesías. Ambos acaban del modo más humillante: Jesús con la muerte en la cruz, la muerte de los criminales más viles, terrible físicamente y también moralmente, desnudo ante el pueblo y su madre. Juan Bautista decapitado en la cárcel por un guardia, por orden de un rey debilitado por los vicios, corrupto por el capricho de una bailarina y el odio de una adúltera. El profeta, el gran profeta, “el hombre más grande nacido de mujer” —así lo califica Jesús— y el Hijo de Dios escogieron la senda de la humillación. Es la senda que nos muestran y que los cristianos debemos seguir. De hecho, en las Bienaventuranzas se subraya que el camino es el de la humildad.

 No se puede ser humildes sin humillaciones. Saquemos, pues, una enseñanza de este mensaje de la Palabra de Dios. Cuando buscamos hacernos ver, en la Iglesia, en la comunidad, para tener un cargo u otra cosa, esa es la senda del mundo, es una senda mundana, no es la senda de Jesús. Y también a los pastores les puede pasar esta tentación de “trepar”: “Esto es una injusticia, esto es una humillación; no lo puedo tolerar”. Pues si un pastor no sigue esa senda, no es discípulo de Jesús: ¡es un “trepa” con sotana! No hay humildad sin humillación. No tengamos miedo de las humillaciones. Pidamos al Señor que nos envíe alguna para hacernos humildes e imitar mejor a Jesús.

Martes de la IV Semana Ordinaria

2Sam 18, 9-10; 14; 24-25; 30. 19, 3

“¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!”. Es el grito angustiado de David, llorando, ante la noticia de la muerte de su hijo. La primera lectura (2S 18,9-10. 14b. 24-25a. 30-19,3) describe el fin de la larga batalla de Absalón contra su padre, el rey David, para quitarle el trono. David sufría por aquella guerra que el hijo, Absalón, le había declarado convenciendo al pueblo para luchar a su lado; tanto que David tuvo que huir de Jerusalén para salvar su vida. Descalzo, con la cabeza cubierta, insultado por unos y apedreado por otros, porque todos estaban con ese hijo que había engañado a la gente, había seducido el corazón de la gente con promesas.

 El texto describe a David a la espera de noticias del frente. Finalmente, la llegada de un mensajero le advierte: Absalón ha muerto en la batalla. “Entonces el rey se estremeció. Subió a la habitación superior del portón y se puso a llorar. Decía al subir: «¡Hijo mío, Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío, hijo mío!»”. El que estaba con él se extraña de esta reacción: “Pero, ¿por qué lloras? Él estaba contra ti, te había negado, había renegado de tu paternidad, te ha insultado, te ha perseguido… ¡Mejor haz una fiesta, celebra que has vencido!”. Pero David solo dice: “¡Absalón, hijo mío, hijo mío!”, y llora. Este llanto de David es un hecho histórico pero también es una profecía. Nos muestra el corazón de Dios, qué hace el Señor con nosotros cuando nos alejamos de Él, qué hace el Señor cuando nos destruimos a nosotros mismos con el pecado, desorientados, perdidos. El Señor es padre y jamás reniega de esa paternidad: “Hijo mío, hijo mío”. Encontramos ese llanto de Dios cuando vamos a confesar nuestros pecados, porque no es como ir a la tintorería a quitar una mancha, sino que es ir al padre que llora por mí, porque es padre.

 La frase de David, “¡Quién me diera haber muerto en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío!»”, es profética, insisto, y en Dios se hace realidad. Es tan grande el amor de padre que Dios tiene por nosotros que murió en nuestro lugar. Se hizo hombre y murió por nosotros. Cuando miremos el crucifijo, pensemos en ese “¡Quién me diera haber muerto en tu lugar!”. Y sintamos la voz del Padre que en el Hijo nos dice: “Hijo mío, hijo mío”. Dios no reniega de sus hijos, Dios no regatea su paternidad.

 El amor de Dios llega hasta el extremo. El que está en la cruz es Dios, el Hijo del Padre, enviado para dar la vida por nosotros. Nos vendrá bien, en los momentos malos de nuestra vida –todos los tenemos–, momentos de pecado, momentos de alejamiento de Dios, sentir esa voz en el corazón: “Hijo mío, hija mía, ¿qué estás haciendo? No te suicides, por favor. Yo he muerto por ti”. Jesús lloró al ver Jerusalén. Jesús llora porque no dejamos que Él nos ame. Así pues, en el momento de la tentación, en el momento del pecado, en el momento en que nos alejamos de Dios, intentemos sentir esa voz: “Hijo mío, hija mía, ¿por qué?”

Mc 5, 21-43

Hoy el Evangelio nos presenta dos milagros de Jesús que nos hablan de la fe de dos personas bien distintas. Tanto Jairo —uno de los jefes de la sinagoga— como aquella mujer enferma muestran una gran fe: Jairo está seguro de que Jesús puede curar a su hija, mientras que aquella buena mujer confía en que un mínimo de contacto con la ropa de Jesús será suficiente para liberarla de una enfermedad muy grave. Y Jesús, porque son personas de fe, les concede el favor que habían ido a buscar.

El elemento que hace posible la acción de Dios, incluso de manera extraordinaria, es la fe.

La primera fue ella, aquella que pensaba que no era digna de que Jesús le dedicara tiempo, la que no se atrevía a molestar al Maestro ni a aquellos judíos tan influyentes. Sin hacer ruido, se acerca y, tocando la borla del manto de Jesús, “arranca” su curación y ella enseguida lo nota en su cuerpo. Pero Jesús, que sabe lo que ha pasado, no la quiere dejar marchar sin dirigirle unas palabras: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad»

A Jairo, Jesús le pide una fe todavía más grande. Como ya Dios había hecho con Abraham en el Antiguo Testamento, pedirá una fe contra toda esperanza, la fe de las cosas imposibles. Le comunicaron a Jairo la terrible noticia de que su hijita acababa de morir. Nos podemos imaginar el gran dolor que le invadiría en aquel momento, y quizá la tentación de la desesperación. Y Jesús, que lo había oído, le dice: «No temas, solamente ten fe». Y como aquellos patriarcas antiguos, creyendo contra toda esperanza, vio cómo Jesús devolvía la vida a su amada hija.


Dos grandes lecciones de fe para nosotros. Desde las páginas del Evangelio, Jairo y la mujer que sufría hemorragias, juntamente con tantos otros, nos hablan de la necesidad de tener una fe inconmovible.

Creer significa confiar aun ante la evidencia contraria; creer significa tomar los riesgos de ser criticados, creer es actuar, diría el Apóstol Santiago. Muchas veces nuestra fe queda solo a nivel de razón y no de actuación.

La verdadera fe es notoria pues expresa sin lugar a dudas la confianza y el abandono total en Dios. ¿Cómo es tu fe? ¿Es una fe intelectual, o es una fe que ante la evidencia contraria continúa diciendo: No entiendo Señor, pero creo que tú me amas y que harás lo que sea mejor para mí y para los míos?

Podemos hacer nuestra aquella bonita exclamación evangélica: «Creo, Señor, ayuda mi incredulidad»

Sábado de la III Semana Ordinaria

2Sam. 12, 1-7. 10-17.

¿Quién de nosotros puede sentirse libre de culpa? Dios conoce nuestras maldades, miserias y pecados. ¡Ojalá y con grandes penitencias hubiésemos logrado lavar nuestras culpas!

Hay Alguien que, por nuestros pecados, aceptó ir libremente a la muerte para purificarnos y presentarnos libres de culpa ante su Padre Dios. Y por más ayunos, por más sayales que nos hubiésemos puesto, por más oraciones elevadas ante Dios, por nosotros mismos jamás hubiésemos logrado ser perdonados.

Por eso no podemos decir que hubiésemos podido evitar que Cristo muriera, pues la Salvación sólo nos llegaría por su Muerte Salvadora. A nosotros corresponde no vivir encadenados al mal, sino aceptar esa salvación que sólo nos viene de Dios por medio de su Hijo.

Por eso, reconozcamos con humildad que hemos pecado, confesemos nuestros pecados, aceptemos a Cristo como nuestra única salvación, y Dios tendrá compasión de nosotros y nos dará vida eterna.

Mc. 4, 35-41.

Jesús es Dios-con-nosotros. ¿Creemos realmente esto? Si es así entonces no podemos tener miedo ni aunque se levante una tempestad tormentosa que quisiera acabar con nosotros.

Al proclamar el Evangelio del Señor tratamos, como instrumentos del Espíritu Santo que habita en nosotros, de suscitar la fe en Jesús. Tal vez este anuncio sea acompañado de señales que ayuden a comprender que no vamos en nombre propio, sino en Nombre de Dios.

Pero finalmente esas señales no son tan importantes cuanto sí lo ha de ser el lograr la finalidad del Evangelio: Que Jesús sea reconocido como Dios y como el único Salvador de la humanidad.

Vivamos confiados en Dios y dejémonos conducir por su Espíritu para que al anunciar su Nombre a los demás no queramos hacer nuestra obra, sino la obra de Dios para que todos encuentren en Cristo el camino que nos conduce al Padre.