Miércoles de la IV Semana de Cuaresma

Is 49, 8-15

Dentro de la riqueza de este pasaje de Isaías destinado al pueblo de Israel mientras estaba en el Exilio, centremos nuestra atención en la misión redentora del Profeta: «Yo te formé y te he destinado para que seas alianza del pueblo: para restaurar la tierra…para decir a los prisioneros: ‘Salgan’, y a los que están en tinieblas: ‘Vengan a la luz'».

Ésta también es nuestra misión como bautizados, ser un instrumento de Dios para todos aquellos que viven aún prisioneros de sus vicios y defectos; ser luz para aquellos que viven en las tinieblas del pecado; ser alianza para que los que no conocen a Jesús, no sólo lo conozcan sino lo lleguen a amar profundamente y de esta manera tengan vida y la tengan en abundancia.

Tú y yo, en el medio en el que nos desenvolvemos diariamente debemos, primero que nada con nuestro testimonio de vida y luego si es posible con nuestra palabra profética, ser portadores del evangelio y del amor de Dios para los demás… Él cuenta con nosotros.

Jn 5, 17-30

Cristo nos pide que creamos en la resurrección de la carne. Hoy día hay muchos que ya no creen esta realidad de nuestra fe por tantas otras ideas que han metido las sectas. Se prefiere aceptar la reencarnación o simplemente lo aceptan porque lo dice la Iglesia. Pero si comprendiéramos con el corazón lo que nos dijo san Pablo que vana es nuestra fe si no resucitamos, entonces sí viviríamos con mayor entrega nuestra fe, entonces sí que nos sentiríamos orgullosos de nuestra fe. No la viviríamos como si fuese una imposición o como normas que hay que cumplir sino con una alegría que nos llevaría a transmitirla a los demás. Existiría una mayor esperanza en nuestras vidas.

Y el mejor camino para llegar a la resurrección es el que nos presenta el evangelio de hoy. Cumplir la voluntad de Dios. Hay una notable relación en estas palabras. Resurrección y voluntad de Dios. A Cristo no le movía otra cosa en su vida más que hacer aquello que le agradaba a su Padre. Por eso estaba lleno de pasión por transmitirnos lo que su Padre le pedía. Nosotros también resucitaremos en la medida en que vivamos con amor la entrega a la voluntad de Dios, que es entrega y generosidad con nuestro prójimo.

El tema central de este pasaje es escuchar la palabra de Jesús y creer que Él es verdaderamente el hijo de Dios. Estos son dos elementos que están íntimamente relacionados uno con otro. Si nosotros reconocemos verdaderamente que Jesús es Dios, entonces su palabra deja de ser una palabra como la de los demás para convertirse en «palabra de Dios»; ahora bien, si la palabra de Jesús, lo que nosotros leemos en los evangelios es verdaderamente «palabra de Dios» debería ser algo sobre lo que no se duda o discute: Puede ser que no la entienda, o que me resulte difícil de vivir o de aceptar, pero sigue siendo «palabra de Dios». Jesús nos dice hoy: «El que escucha mi palabra y cree en el que me envió, tiene vida eterna».

Con esto nos manifiesta que la fuente de la vida es su palabra por ininteligible que pudiera parecer o por difícil que fuera el vivir de acuerdo a ella. En definitiva, si el hombre quiere tener una vida llena de paz, de alegría y de gozo en el Espíritu, no tiene ninguna otra opción que vivir de acuerdo a la voluntad de Dios expresada en Cristo.

Martes de la IV Semana de Cuaresma

Ez 47, 1-9. 12

Jesús ha venido, para hacerlo todo nuevo, para darnos una vida nueva. De la misma manera como el agua de la profecía de Ezequiel cambiaba el mar en agua dulce, así el amor y la gracia de Dios transforman nuestra amargura, soledad y frustración en paz y gozo.

Nos fecunda para que nuestra vida estéril dé fruto y para que este fruto permanezca. Esta pausa que hace la Cuaresma nos recentra en nuestra vida cristiana y nos hace desear con todas nuestras fuerzas que los frutos de la redención se hagan presentes en nosotros, en nuestra vida y en nuestra familia.

El Agua pura del Espíritu vivifica, renueva, sana… Si quieres que este efecto vivificador de Dios se vaya realizando en tu vida, incrementa un poco tu oración, verás entonces grandes y profundos cambios en tu vida.

Jn 5, 1-3. 5-16

Hoy día nos encontramos con muchas personas que saben amar y comprender a los demás. Son unos profesionales en el amor. Pero qué hermoso si fuesen mucho más las personas que prestasen atención a los pequeños detalles, si hubiese muchas más personas que bajasen a los más pequeños detalles de la vida ordinaria.

Si nosotros hubiésemos estado al lado de Cristo cuando pasó junto al paralítico, ¿nos habríamos percatado de su situación?, ¿nos habríamos preguntado cuánto tiempo lleva ese hombre en ese estado? Tal vez sólo nos hubiese causado pena y tristeza.

Sin embargo, qué finura y atención de Cristo, qué amabilidad de su parte para vibrar con el mismo dolor y sufrimiento del paralítico. Estos son los actos que rejuvenecen el amor, los actos que lo mantienen activo. No tanto los sentimientos pasajeros que son muy buenos pero que no sostienen vivo nuestro amor en el momento de la adversidad. Son los pequeños detalles en la vida ordinaria los que mantuvieron fresco el amor de Cristo con su Padre.

El hombre de la piscina, al igual que hoy en día muchos hermanos, no tienen quien les tienda una mano, quien los ayude a salir de sus problemas… quien los lleve a conocer a Jesús. ¿Te has puesto a pensar cuánta gente a tu alrededor está esperando que le tiendas la mano?

Nosotros también aprendamos en este día el arte de vivir los pequeños detalles con quienes viven a nuestro alrededor que es donde se encuentra Cristo. Sepamos corresponder y agradecer su amor a lo largo de nuestra vida para que nuestro amor a Él no envejezca sino que sea cada día más fuerte.

Lunes de la IV Semana de Cuaresma

Is 65, 17-21

Esta semana, después de haber ya trabajado en nuestra vida de conversión por espacio de tres semanas, la liturgia no invita a reflexionar sobre los frutos de esta conversión.

Inicia presentándonos este pasaje de Isaías en el cual nos dice que el Señor: «no se recordara de nuestra vida pasada» es decir de nuestras infidelidades, de nuestra falta de amor y compromiso… de haber estado lejos de Él.

Dios nos ofrece «un cielo nuevo y una tierra nueva, que es decir una nueva vía vivida en su amor y en su paz. Para ello, es necesario que también nosotros nos perdonemos. Es increíble la cantidad de personas que acuden al sacramento de la reconciliación en donde recibe en perdón de Dios y con ello, el olvido de sus faltas, pero que apenas salen de ahí y continúan llenas de remordimientos y sin paz.

Esto es porque no se han perdonado a sí mismos… esto es dudar del perdón, del amor y de la misericordia de Dios. Si bien es cierto que el pecado nos lastima y hiere también lo es que el amor de Dios todo lo sana y todo lo perdona. Reconoce en ti el amor y el perdón de Dios y disfruta ya en esta tierra de la felicidad de Dios.

Jn 4, 43-54

No es lo mismo «creer en Jesús» que «creerle a Jesús». Creerle a Jesús implica aceptar su palabra por ilógica e irracional que ésta pudiera parecer. El padre de este muchacho le «creyó a Jesús» y se encontró con su hijo sano.

Un problema que se extiende en nuestro cristianismo es la falta de congruencia entre nuestra fe y nuestra vida. Si nosotros preguntamos a nuestro alrededor nos encontraremos, sin mucha sorpresa, que la mayoría son cristianos, es decir hombres y mujeres que creen a Jesús.

Sin embrago con tristeza nos damos cuenta que algunos (que a veces deberíamos de decir: muchos) dan un testimonio de vida bastante lejano a lo que Jesús nos ha ensañado.

Ser buen cristiano implica creer en Jesús pero también creerle a Jesús y hacer lo que Él nos pide en el evangelio… tenerlo como verdadero maestro y señor de nuestras vidas.

¿Tú eres de los que simplemente cree en Jesús, o de los que han decidido hacer de su Palabra una norma de vida?

Sábado de la III Semana de Cuaresma

Os 6, 1-6;

Nosotros solemos, al hablar de Dios, aplicarle conceptos humanos; y es natural, no tenemos otra cosa para hablar de Él que nuestras experiencias, nuestras realidades, nuestras imágenes, nuestro vocabulario; pero ninguna palabra, ningún concepto, puede abarcar a Dios ni definirlo totalmente.  Uno de los conceptos que aplicamos a Dios desde nuestra experiencia es el enojo, el castigo.  Si habláramos de castigo de Dios como revancha, explosión de ira destructora, no contenida («la haces, la pagas»), estéril, estaríamos muy equivocados.  Todo en Dios es amor, toda su acción es amorosa, toda, aun la que nos desconcierta por dolorosa.

Las tribus de Efraín y Judá lo reconocen, en la lectura profética que escuchamos: «Él nos curará, Él nos vendará, nos devolverá la vida».

Otra muy bella alusión pascual se nos hizo presente: «en dos días nos devolverá la vida y al tercero nos levantará».  No olvidemos que el camino de conversión de la Cuaresma nos lleva a desembocar en las celebraciones pascuales, fiestas de vida nueva en Cristo Señor.

Lc 18, 9-14

La humildad, la sencillez, la docilidad al Espíritu Santo son esenciales para abrir el corazón de Cristo. A los hombres nos gusta que nos aprecien, que nos estimen, que nos tomen en cuenta, que nos amen. Buscamos llamar la atención de quien nos rodea, de quien queremos que nos ame. ¿No queremos de igual forma llamar la atención de Cristo? ¿No queremos que Cristo nos vea y nos manifieste su amor? Pues estas virtudes serán el motivo para que Dios pose su mirada en nosotros. Siempre lo hace pero si nos esforzamos en vivir estas virtudes lo hará de manera especial.

Por el contrario, la soberbia, el orgullo, la vanidad nacen del egoísmo y lo que parecería oración no es otra cosa más que alabanza a nosotros mismos. Como el fariseo que agradecía a Dios no ser como los demás hombres porque no cometía sus mismos errores y pecados que ellos.

Los dos hombres estaban en oración pero qué oraciones tan distintas. Una hecha con presunción personal y la otra con humildad, con el corazón triste por haber fallado a Dios.

¿Quiere decir entonces que para hacer buena oración forzosamente debemos golpearnos el pecho y debamos hacer exámenes personales de autocrítica, rayando casi con un pesimismo? Seguramente Cristo no quiere esto. Él más bien nos pide que como niños nos acerquemos a su corazón reconociendo las cualidades que nos ha dado pero tan bien con la humildad necesaria para reconocer nuestras faltas. Recordemos lo que dice el Catecismo respecto a la oración, dice que la piedad de la oración no está en la cantidad de las palabras sino en el fervor de nuestra alma.

Pidamos a Cristo que nos enseñe a orar con espíritu humilde y sencillo como el publicano.

Viernes de la III Semana de Cuaresma

Os 14, 2-10

El profeta Oseas decía: “Ya no tendré más ídolos en mí”. Es necesario aprender a no tener más ídolos en nosotros; hacer que nuestra conciencia se vea plena y solamente iluminada por Dios nuestro Señor, que ningún otro ídolo marque el camino de nuestra conciencia.

Podría ser que en nuestra vida, en ese camino de aprendizaje personal, no tomásemos como criterio de comportamiento a Dios nuestro Señor, sino como dirá el Profeta Oseas: “a las obras de nuestras manos”. Y Dios dice: “No vuelvas a llamar Dios tuyo a las obras de tus manos; no vuelvas a hacer que tu Dios sean las obras de tus manos”. Abre tu conciencia, abre tu corazón a ese Dios que se convierte en tu alma en el único Señor.

Sin embargo, cada vez que entramos en nosotros mismos, cada vez que tenemos que tomar decisiones de tipo moral en nuestra vida, cada vez que tenemos que ilustrar nuestra existencia, nos encontramos como «dios nuestro» a la obras de nuestras manos: a nuestro juicio y a nuestro criterio. Cuántas veces no hacemos de nuestro criterio la única luz que ilumina nuestro comportamiento, y aunque sabemos que es posible que Dios piense de una forma diferente, continuamos actuando con las obras de nuestras manos como si fueran Dios, continuamos teniendo ídolos dentro de nuestro corazón.

Mc 12, 28-34

¿Quién es mi prójimo? No nos compliquemos investigando quién es nuestro prójimo. ¿Será aquél que nos encontramos en la calle, el pobre, el sucio…? Sí, él es nuestro prójimo. Pero también recordemos que prójimo es sinónimo de próximo. Algunas veces nos cuesta trabajo amar verdaderamente a nuestro prójimo que está más cercano a nosotros, en el trabajo, en la escuela. Aquella persona con la que tengo contacto personal cotidiana y que a veces humanamente me es difícil convivir, que es una cosa muy normal, pero en esos momentos es donde verdaderamente entra el verdadero amor a nuestro prójimo.

“No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Muchas ocasiones, ¿verdad?, ¿No nos parece que se queda un poco corta? Es un poco pasiva, indiferente. Le falta algo. ¡Es un poco seca!

Cambiémosla a alguna frase más activa, más dinámica, que nos mueva a realizar algo y que nos ayude a quedarnos en el “no hagas a los demás”. Sería mejor decir: “haz a los demás lo que quieras que te hicieran a ti”. Interpretándola de forma correcta, no esperando en realidad que por nuestros actos tenemos que recibir el mismo pago. O esta otra que dice hacer el bien sin mirar a quien. Pero aquí en lugar del “sin mirar a quién” veamos a Cristo representado en mi prójimo.

Jueves de la III Semana de Cuaresma

Jer 7, 23-28

El reproche y lamentación de Dios no sólo fue para el pueblo de Israel sino para todos aquellos que todavía hoy continúan cerrando su corazón a su amor y a sus enseñanzas.

Dios continua mostrándonos su amor e invitándonos a vivir en comunión con Él, a tenerlo verdaderamente como Dios, y no como un ídolo inerte. Lo hace y ha hecho a través de los sacerdotes, de nuestros padres, de muchos de nuestros amigos.

Pensemos por un momento ¿cuál ha sido nuestra respuesta a este amor ilimitado e infatigable de Dios por nosotros? Aprovecha este tiempo para volverte al Señor, para responder con más generosidad a sus mandamientos, para crecer en el amor a tus hermanos, para ser más de Él.

Lc 11, 14-23

“Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina”. Primeramente mucha unidad. Debemos estar unidos a Él en todo momento por la oración. Nosotros sabemos lo débiles que somos y cómo ante el primer asalto del demonio sucumbimos si no estamos con Él. Por ello es conveniente elevar nuestro pensamiento a Dios continuamente al inicio del trabajo, del estudio, del descanso y demás actividades preguntándole cuál es la estrategia: ¿Cómo quieres que realice esta labor para el mayor bien de la empresa y de mí mismo? ¿Cómo puedo descansar mejor y hacer descansar mejor a los demás? ¿Cómo lo harías tú?

“Si llega uno más fuerte que él, lo vencerá” La segunda consigna es tener valor. Si le tenemos a Él qué podemos temer. Con la seguridad de que Él va delante de nosotros debemos seguir las consignas que nos dé el gran estratega, el Espíritu Santo: momentos de oración, hablar bien del otro, defender la fe aún entre los amigos, huir de todo aquello que pueda arrebatarnos la amistad con Dios… ¡Con estas consignas y con tal líder seguramente venceremos!

La manifestación definitiva de la victoria del Reino y de Jesús es el hecho de que el demonio no tiene ya poder sobre el mundo y la humanidad. Sin embargo esto no ocurrirá totalmente sino hasta el final de los tiempos, cuando, como dice san Pablo, todo, incluyendo la muerte, será puesto bajo los pies de Jesús.

Mientras tanto nos acogemos al poder salvífico de Jesús que obra en la medida que «estamos con Él», en la medida en que nos necesitamos necesitados. Sabemos que de manera ordinaria el demonio solo opera a nivel de la tentación. Jesús es quien tiene el poder para ayudarnos a vencer nuestras tentaciones, por eso el tiempo de la cuaresma es un tiempo privilegiado para crecer en nuestra relación con Dios mediante la oración. En la medida en que somos más cercanos, que «estamos» más con Jesús, el demonio tiene menos oportunidad de destruirnos. Aprovechemos nuestra cuaresma incrementando el tiempo que dedicamos a nuestra oración personal.

Miércoles de la III Semana de Cuaresma

Dt 4, 1. 5-9

Si nos preguntásemos por qué vivimos en un mundo tan corrupto, lleno de injusticia, infidelidad, violencia, etc., quizás la respuesta sería: porque nos hemos olvidado de transmitir a nuestros hijos la verdad y la fe.

Es triste que muchos de nosotros la única instrucción que hayamos tenido sobre la fe haya sido la catequesis apresurada para hacer la Primera Comunión. En muchas de nuestras casas nunca se habla de Dios, de sus mandamientos, de los valores y fundamentos del Evangelio. El autor del Deuteronomio, ya le advertía al pueblo de Israel: «No olvides ni dejes que se aparte de tu corazón estos mandamientos… sino transmítelos a tus hijos».

Cuando el hombre se aleja de Dios y de sus mandamientos, todo se convierte en relativismo. Démonos tiempo para compartir en nuestra casa la oración y la fe.

Mt 5, 17-19

Jesús no ha venido a destruir la Ley dada por su Padre, vino a completarla. Jesús nos enseña a ir al corazón de la Ley, que es el amor. Jesús nos enseña a meter…. la Ley en nuestros corazones. Los que quieren pertenecer al Reino de Dios, tienen que cumplir también la nueva Ley de este Reino, que son las Bienaventuranzas Y nuestra fidelidad en el seguimiento de Cristo no puede ser algo externo, de simple cumplimiento, debe ser algo interno. Lo que nos mueve a obedecer a Dios y cumplir su voluntad es el amor,…. es el amor de hijos que aman la voluntad del Padre.

Jesús nos dice que no vino a cambiar una sola coma de la ley, sino que vino a completarla y perfeccionarla. Y el cumplimiento de esa ley, los mandamientos del Antiguo testamento y el mandamiento del amor y las bienaventuranzas son los medios que Dios puso a nuestro alcance para que seamos realmente hombres y mujeres felices.

Dios creó al hombre y conoce sus necesidades. Los mandamientos no son imposiciones que tratan de limitar nuestra libertad, que son de otra época, son verdaderos caminos de felicidad. El que nos propongamos hacer vida los mandamientos, es una muestra de obediencia a Dios a quien amamos como Padre y en quien confiamos ciegamente como niños. Y así como en el plano humano, cuando está presente el amor, no hay cosas a cumplir más grandes y otras secundarias, sino que tratamos de cumplir con todo lo que como padres tenemos que hacer, o como esposos, así también debe ser nuestra relación con Dios.

Para los que aman de verdad, no hay mandamientos secundarios. Cuando hay amor, se cuidan todos los detalles En cambio nosotros demasiadas veces buscamos el camino de la facilidad. Y en ese camino, nos proponemos unos cuantos preceptos fundamentales y un mínimo de exigencia morales, y vivimos nuestro cristianismo con eso sólo. Vivimos un cristianismo mezquino. Es como que dejamos de lado algunos mandamientos del Señor, teniéndolos como sin importancia y eso nos hace sentirnos hombres libres, «hombres de nuestra época». Y puede que seamos de nuestra época pero, desde luego, no somos hombres.

La Anunciación del Señor

Lc 1, 26-38

María recibe la noticia más importante de toda la historia de la humanidad. La noticia de que Dios, por amor, va a enviar hasta nosotros, a nuestra tierra, a su Hijo Jesús. Quiere que llegue a modo humano, concebido en el seno de una mujer y por obra del Espíritu Santo. Y Dios elige a María para ser la madre de Jesús. En un primer momento, como no podía ser menos, María se llenó de un gran asombro, de un asombro positivo. Dios le pedía, ni más ni menos, que ser la madre de su Hijo. María, ante las explicaciones del ángel Gabriel, aceptó la oferta de Dios. “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Durante nueve meses tuvo la ilusión de dejar nacer en su seno a su propio hijo, al hijo de Dios. Durante el resto de la vida de su Hijo, siempre, como buena madre, le llevó en su corazón. Cuando Jesús fue presentado en el Templo, les recibió Simeón y dijo a María, su madre: “Está puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel y para signo de contradicción; una espada atravesará tu alma, para que se descubran los pensamientos de muchos corazones”. Cuando Jesús empezó su vida pública, a predicar su buena noticia del reino de Dios, se cumplieron las palabras de Simeón. Ciertamente una espada atravesó el alma de María, al ver que su Hijo era signo de contradicción, al ver que algunos le rechazaban y que su rechazo fue tan fuerte que le clavaron en la cruz. Cran dolor para María. Pero María siempre disfrutó del cariño, del amor de su Hijo, a la vez que Hijo de Dios. Su corazón se ensanchaba cuando veía que también mucha gente aceptaba a su Hijo, le escuchaba, le seguía… y le reconocían como su Salvador.

María, también nuestra madre, da un paso en favor nuestro. Nos ofrece que también nosotros, como ella, dejemos nacer en nuestros corazones a Jesús. Porque Jesús ha venido hasta nosotros para eso, para adentrarse y adueñarse de nuestro corazón, por lo que podemos decir con san Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.  

En este día especial, alegrémonos con María porque el Señor ha hecho maravillas en ella, la ha hecho Madre de su Hijo. Y demos gracias a Dios porque Jesús, el Hijo de Dios, también quiere nacer en nuestros corazones. Nadie mejor que él que sea el Dueño de nuestro corazón.

Lunes de la III Semana de Cuaresma

2 Re 5, 1-15

En este pasaje, es claro lo que significa tener fe y el apoyo de la comunidad.

Fe es obedecer aunque lo que se nos pide parezca una tontería, algo fuera de sentido. Naamán pensó que era una tontería lo que Elíseo le pedía y ya había decidido marcharse enfermo.

Sin embrago sus siervos (que podríamos identificar con la comunidad), lo convenció de que hiciera lo que se le pedía. Resultado: quedó sano.

En ocasiones nos encontramos con hermanos para los cuales la voluntad de Dios en ese momento, resulta difícil de aceptar; decisiones que resultan ilógicas. Es entonces cuando la fe alcanza su valor máximo y es cuando nosotros podemos ser el instrumento para ayudar a quien duda a continuar adelante y así llevarlo a hacer la voluntad de Dios.

Recuerda que la vida del Evangelio está llena de proposiciones que nos parecerían ilógicas (Para vivir hay que morir… por ejemplo), pero es en la obediencia de éstas en donde encontramos la felicidad. Déjate conducir por Dios.

Lc 4, 24-30

La historia se repite, quizás, la diferencia sea que hoy la manera en que se rechaza al profeta es diferente. Hoy ya no se les busca para matarlos… simplemente se les ignora.

Pensemos en cuántas veces hemos escuchado a Jesús en la Misa, en un retiro, en una conversación, etc., y cuántas veces hemos hecho caso de sus palabras.

¿Cuántas veces nos ha mandado diferentes profetas en la persona de nuestros padres, maestros, amigos, sacerdotes buscando un cambio en nuestra vida, buscando nuestra conversión y nosotros simplemente hemos dejado que la palabra o el consejo entre por un oído y salga por otro?

Ciertamente nosotros no hemos despeñado a Jesús desde la barranca, pero ¿cuántos de nosotros lo tenemos silenciado dentro de un cajón o lleno de polvo en un librero?

La Cuaresma nos invita a abrir no solo nuestro corazón sino toda nuestra vida al mensaje de los profetas… al mensaje de Cristo, a su evangelio y a su amor.

No desaprovechemos esta oportunidad.

Sábado de la II Semana de Cuaresma

Est 1,3-5.12-14

La primera lectura de hoy es una confiada oración a Dios. 

La primera imagen de confianza que oímos es la conocidísima y muy expresiva del pastor.  Las realidades son muy duras, el pueblo se siente como un rebaño de ovejas entre la maleza, rodeado de campos feraces.  Se hace alusión a las tierras de Basán y Galaad, proverbialmente ricas.

Se apela a la fidelidad de Dios, a sus promesas a los padres antiguos.  Se apela a su misericordia que siempre perdona, a su poderosa compasión.

Todas estas ideas nos las podemos apropiar, pero ya con la experiencia de su cumplimiento en Cristo Señor.

Mt 7, 7-12

Esta es la parábola de la misericordia de Dios y el horror del pecado. Meditemos en estos aspectos y apliquémoslos a nuestra vida. El hijo menor, el más querido, se aleja del Padre con su herencia.

Normalmente, la herencia se reparte cuando el padre muere. Es decir para el hijo menor el padre ya estaba muerto. Una vez que lo gastó todo se da cuenta de que la felicidad no está en la concupiscencia de la vida o los vicios, sino con su padre.

Pero le mandan a apacentar cerdos… qué bajo ha caído. Entra en sí mismo, es decir, hace un examen de conciencia y se humilla, se reconoce pecador, que ha obrado mal. Pero no se queda ahí, sino que se levanta y se va a su padre para pedirle perdón y que le acepte de nuevo.

Pero el padre le llena de besos. Es porque lo ama, porque Dios nos ama tanto que aunque estemos batidos en el lodo de nuestras pasiones desordenadas, hace hasta lo imposible para levantarnos y acogernos en su casa olvidando el pasado. Esto es perdonar. Esto es verdadero amor. Y este es el amor que Cristo tiene para cada uno de nosotros.

Él está ahí, esperándonos con la mano extendida para levantarnos otra vez, para darnos otra oportunidad. Ojalá que jamás dudemos de la misericordia y del amor de Dios. Basta con hacer la experiencia… en el confesionario, donde Cristo nos espera con el corazón abierto, ardiendo en amor por nosotros.