Lunes de la XXXIV Semana Ordinaria

Apoc 14, 1-3. 4-5

Hemos iniciado la última semana de nuestro año litúrgico.

No olvidemos la finalidad esperanzadora del Apocalipsis, no nos dejemos atrapar por el exterior de los símbolos tan abundantes en este libro, sino miremos hacia donde ellos nos quieren guiar.

Hoy hemos visto una multitud incalculable; 12 son las tribus de Israel y 12 los apóstoles, los nuevos jefes del pueblo nuevo.  El doce es totalidad y todavía más ahora, pues se trata del cuadrado de doce, 144.000, que es número figurativo.  Hoy diríamos millones de millones.  Esta incalculable multitud celebra una liturgia laudativa delante del Cordero.  Todos cantan el cántico nuevo.

El Cordero nos apareció «como inmolado».  Pero ahora es el triunfador que está de pie sobre el monte Sión.  Los que lo alaban llevan en la frente su marca.  Han vivido conforme a su ejemplo y a sus dictados.  Supieron vivir sin mancha y sin mentira.

Unámonos hoy en el seguimiento y en la alabanza del Cordero para podernos unir un día al himno eterno de los glorificados.

Lc 21, 1-4

Estamos en la última semana del tiempo ordinario y del año litúrgico y estamos, según la narración de Lucas, oyendo los últimos acontecimientos de la vida del Señor antes de su Pasión.  Jesús está predicando en el templo.  Jesús mira lo que pasa en aquella galería de columnas del amplio atrio; ante la «Tesorería», hay trece arcas en las que se depositan las limosnas, en sus diversas clases, las cuantiosas de unos ricos, y las pequeñísimas de una pobre viuda, dos «leptas», la sexagésima cuarta parte de un denario, es decir, del salario de un día.  Desde nuestro punto de vista, se trata de una realidad «grande», ante una realidad «pequeña».  Desde el punto de vista de Dios -el real, el verdadero-  los valores están invertidos: «Yo les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que todos».

¿Procuramos que nuestro punto de vista sobre las realidades, las circunstancias, las personas, los valores que nos rodean, se parezca cada vez más al de Dios?

Lunes de la XXXIV Semana Ordinaria

Lc 21,1-4

Este breve relato de la viuda cierra una serie de controversias de Jesús con los ortodoxos judíos. Jesús está en el templo de Jerusalén y observa cómo la gente echa monedas en el arca preparada para recoger las ofrendas. Él a través de la mirada se encuentra con dos tipos de personajes que el evangelista presenta de forma antitética. Unos que echan sus donativos, suponemos ricos puesto que echan de lo que les sobra y una viuda pobre, penichros dice el texto griego, por tanto, casi indigente, que echa en el arca dos leptas, dos moneditas de cobre.

Jesús presenta el contraste de dos modelos de compartir: los ricos que dan mucho y la viuda pobre que da muy poco; pero el acento no la pone el Señor tanto en la cantidad sino en la calidad; no tiene en cuenta el volumen del dinero donado, sino la identidad y la situación de quien lo dona, la persona que hay detrás. Mientras los primeros dan del extra que no necesitan puesto que sus necesidades están bien cubiertas, la viuda da generosamente de lo que necesita para su subsistencia. Jesús pone como modelo ejemplar a esta persona marginada por ser mujer, además viuda y encima pobre. Ella es la que ha echado más que todos.

Una vez más, Jesús nos presenta una de sus paradojas evangélicas, curiosamente los que han echado más, han dado menos; y la que menos ha echado, es la que ha dado más; porque en realidad ha dado parte de sí misma, de lo que le correspondía para su propia vida. Y es que Dios no mira las apariencias, sino que mira el corazón (1 Sm 16,7).

¿A qué grupo pertenezco yo? ¿A los que dan su tiempo, sus talentos, sus bienes de lo que le sobra o a los que dan de lo que son, de lo que les configura, en definitiva, de los que “se” dan? Dice López Aranguren que “buscamos la felicidad en los bienes externos, en las riquezas; el consumismo es la forma actual del summum bonum. Pero el consumidor nunca está satisfecho, es insaciable, y, por tanto, no feliz. La felicidad consiste en el desprendimiento”. ¡Ojalá nosotros seamos de los felices!

Lunes de la XXXIV Semana Ordinaria

Lc 21, 1-4

En el evangelio de hoy encontramos dos grande contrastes: los ricos y la viuda; el que da de lo que le sobra y el que da lo necesario para vivir. Aquí el verdadero tesoro se centra en la viuda, una mujer que conforme al contexto de su época vive de la caridad.

Su actitud ante Dios es la de no reservarse nada, lo da todo para gloria de Dios. Eso es posible porque tiene su esperanza puesta en el Señor. Por este motivo, merece el elogio de Jesús; porque reconoce en ella no un simple ritual, sino un verdadero abandono a la Divina Providencia que sólo puede venir de aquél que está lleno de Dios y vacío de sí mismo.

Hoy en día, podemos contemplar esta misma actitud en aquellos creyentes que con fidelidad y sincero corazón tienen a Jesús como su único tesoro. El fiel deja todo a la espera de su Señor porque nada tiene que temer. Afronta su día a día con confianza filial. Su entrega no se queda sólo en lo material, da a la Iglesia, a Dios y a su prójimo, su tiempo, su servicio y su amor, porque ve en ellos templos vivos. Así es como termina entregando hasta el rincón más íntimo de su vida, a la vez que se despreocupa de ella, consciente de que hay Otro que cuida de él mejor que nadie.

Cuando somos fieles vivimos así pero cuando no lo somos, tratamos de arreglárnoslas con otras seguridades más propias del mundo que de Dios, por eso ahí damos sólo de lo que nos sobra. Examinemos nuestro interior para ver si nuestros ojos están fijos en el Único que puede darnos vida.