Sábado de la Octava de Pascua

Mc 16, 9-15

María Magdalena, la primera predicadora del triunfo de la VIDA sobre la muerte, ha experimentado hasta los tuétanos el Amor de Dios manifestado en su Hijo Jesús, el Cristo. En ella se cumple el vaticinio del salmista: «viviré para contar las hazañas del Señor» (Sal 117,17).

Quien se cierra a esta experiencia la niega y por ello lo que debiera suponer duelo y lágrimas eventuales se convierte en constante de vida. Son pasto de la incredulidad. La fe en el Resucitado se visiona como un asunto gazmoño, irracional, enarbolando la bandera del sentimiento apoyado en la razón.

Incredulidad y dureza de corazón en el Sanedrín y sus esbirros e incredulidad y dureza de corazón en el grupo de los discípulos de Jesús de Nazaret. En los primeros, el origen del escepticismo viene de la mano del peligro de perder su poder y estatus económico fruto de ostentar el liderazgo religioso. En los segundos encontramos una fe horizontal, muy a la pata llana, aún no zambullidos en la coordenada vertical. Eso acontecerá en Pentecostés.

La cuestión se dilucida en dar o quitar crédito a la Palabra de Dios.

Abrahán, nuestro padre en la fe «pensó que Dios tiene poder para resucitar al hombre de entre los muertos» (cfr. Hb. 11,19).

No es tema baladí.

Y tú, ¿lo crees?